«¡Ni que fuera yo Bin Laden!». El vídeo es uno de los más vistos del año en la plataforma Youtube.
La frase es compendio de una peculiar forma de pensar, muy popular en estos tiempos. Toda persona investigada o procesada declara inmediatamente que la actuación de la Justicia es desproporcionada. Da igual que sea por unos trajes regalados, por prevaricar, por hacer obras sin licencia o por airear las intimidades de una hija.
La moda es criticar a jueces, fiscales y policía, insinuando que el procesado es víctima de una conspiración en su contra. La ley y sus servidores deberían dedicarse, en exclusiva, a perseguir a Bin Laden, dejando al resto del mundo hacer y deshacer a sus anchas.
El último episodio de esta filosofía, tan en boga, lo aportó esta semana el vicepatrón mayor de la cofradía de pescadores de Vigo, Julio Alonso. El ex concejal, que se ganó tantas simpatías por su firmeza durante la crisis del Prestige , se despachó asegurando que se trataba «peor que a terroristas de ETA» a sus compañeros detenidos por pescar con dinamita.
Probablemente con la mejor intención, Julio Alonso se ha equivocado. Porque es lógico que salga en defensa de unos amigos, pero no lo es que minimice lo que parece un escándalo que no admite paños calientes.
En lugar de criticar a la Justicia, por enviar a prisión a varios implicados en el caso, debería felicitar al juez, al fiscal y a la Guardia Civil por la brillante operación de esta semana.
Tristemente, lo que acaba de descubrirse no puede mover a orgullo, sino a vergüenza. Porque pescar con dinamita parece que era una extendida práctica, por más que sea una forma de arrasar los recursos pesqueros y garantizar sardinas para hoy y hambre para mañana. No sólo desde un punto de vista ecológico, sino también económico, estamos ante un crimen. Y es probable que, gracias al celo de la Guardia Civil, vaya a encontrar su castigo.
Por otra parte, ni Alonso ni nadie deben extrañarse porque algunos de los imputados duerman hoy en prisión. Parece muy lógico que quien posee goma2 eco vaya directamente a la cárcel. No me gustaría vivir en un país donde mi vecino pudiese almacenar dinamita en el trastero.
Así que no se está tratando a los pescadores detenidos «como a terroristas de ETA». Pero sí como a unos particulares que, sin permisos ni seguridad de ningún tipo, manipulaban y atesoraban explosivos, obtenidos además de forma ilegal. Si esto no es suficiente como para ir a prisión, no sé dónde vamos a elevar el listón.
Entendemos la desolación de Julio Alonso. Y su mejor intención de defender a unos compañeros. Pero el enfoque es erróneo. Mejor sería aprovechar este caso para reflexionar y, si algo se ha hecho mal, cambiar el rumbo.
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