La maldad de los bipartitos

VIGO

Medios de todos los colores se disputan estos días el adjetivo más elogioso hacia Nick Clegg, líder de los liberal-demócratas británicos. Sus familiares vacaciones en Olmedo han sido estupenda excusa para hablar de su donosura, simpatía, apostura y campechanía. Algunos comentaristas han ido más allá, destacando lo bien que funciona el pacto de gobierno que ha llevado a David Cameron a Downing Street. Los bipartitos, por lo visto, ahora resulta que no sólo son buenos, sino la quintaesencia de la democracia y la eficacia.

Sonroja leer a algunos analistas, denostadores de los bigobiernos, derretirse ahora con el ejemplo inglés. Tras años satanizando todo ejecutivo producto de un pacto, sus recelos se difuminan en cuanto éste es encarnado por dos elegantes ingleses sin bombín. Por el contrario, el asunto es anatema si quienes pactan son un puñado de gallegos, socialistas y nacionalistas, por ejemplo, como es el caso más común en Galicia. En este supuesto, todo gobierno bipartito es aberrante.

No hace falta ser muy listo para ver que tan contradictorio discurso no es otra cosa que propaganda del partido que, por ahora, y mientras no cambie ese discurso, parece condenado a gobernar en solitario o ejercer la oposición mal acompañado: el PP. Son los palmeros de esta formación, que hoy gobierna la Xunta, quienes más empeño han puesto siempre en denostar todo pacto. El clímax de esta doctrina se alcanzó durante el pasado gobierno de San Caetano, cuando la expresión «el bipartito» se utilizaba con un fuerte tono despectivo, al punto de presentar su mandato como una usurpación.

Esos mismos que tanto criticaban entonces, o que tanto censuran hoy los gobiernos municipales de las grandes ciudades, parecen ahora encantados con Nick Clegg y David Cameron, como lo estuvieron antes cuando Angela Merkel ocupó la cancillería en 2005, merced a un pacto de Estado donde el SPD votó junto a la CDU.

Así pues, no es que los bigobiernos sean malos. Lo son, por lo visto, sólo en el supuesto en que desplacen del poder al partido de los amores de uno, en el caso de Galicia, el PP, desde los albores de la democracia, siempre aquí el más votado.

En Vigo, el bipartito local se ha llevado, por esta razón, no pocos palos. Y PSOE y BNG han contribuido a ganárselos, con choques y rifirrafes de poca monta, pero convenientemente amplificados. El talado de unos árboles, una visita a Navia o el albergue se escenifican como crisis gravísimas, que refuerzan la tesis: el bigobierno, por naturaleza, es malo. No faltan en la fiesta aderezos como el siempre útil Carlos Príncipe, que regala los oídos más afinados con historias de corruptelas o petición de primarias. Hasta las elecciones veremos aparecer muchos más útiles y crisis. Nada sobra cuando se trata de demostrar un axioma indemostrable.