Suecos «chic» y polacos bohemios

Sara Vila redac.vigo@lavoz.es

VIGO

21 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Son dos los veleros atracados en el muelle de comercio: uno viene desde Estocolmo, el otro desde Polonia. Tres semanas estarán los suecos en el mar. Los polacos disfrutarán de una semana menos a bordo y desembarcarán este viernes en Lisboa, después de dos semanas en velero. Ambos forman parte de una escuela de vela y aprovechan estos días para poner en práctica lo aprendido durante el curso. Alva es el nombre del primero, que ya ha estado en Vigo en otras ocasiones. El polaco se llama Pogoria. Los jóvenes nórdicos se acomodan en la cubierta mientras se ponen cremas para protegerse del sol del sur, y escuchan música con su iPod. Se apresuran a preguntar por las marisquerías de la zona, buscando recomendación. Los polacos prefieren el vino, y cuanto más barato mejor. Dos veladas frente al mar, pero muy distintas. La bohemia polaca frente a lo más chic de Suecia. Desde el archipiélago de Estocolmo al muelle de comercio. Los chicos suecos vienen de un instituto en el que, además de las clases ordinarias, tienen cursos de navegación, tal y como cuenta la profesora Anna Kroyerstrom. Y como lo importante es la práctica, buena parte de su formación la reciben saliendo a navegar. El primer año recorrieron el archipiélago de Estocolmo, y ahora llegan a Vigo. Con Normandía (Francia) y Guernsey (Reino Unido) a sus espaldas. El próximo destino, Oporto, y de ahí para casa. Pero por lo de ahora todavía les quedan tres días en Vigo para conocerlo mejor y disfrutar de sus gentes. Esta mañana, por ejemplo, los recibirá el alcalde y luego irán hasta el balneario de Mondariz, esta vez a probar el agua dulce. Y no solo Abel Caballero recibe a estos trotamundos recién llegados a la ciudad. También Kristina Berg, viuda de Carlos Casares, se acercó a saludar a sus compatriotas nada más llegar ayer por la mañana.

No es que huyan de las formalidades, pero se nota en el ambiente que en Polonia son campechanos. Agradecen el trato de los vigueses. «Cuando hemos preguntado dónde podíamos comer, incluso nos acompañaron hasta el local», apunta Ivone, una de las navegantes.

Las normas están claras en el Pogoria. Cada cuatro horas, en grupos de ocho, van rotando en las tareas. Lavar los platos, cocinar, manejar el barco o alzar las velas, la labor preferida de todos. Pero no solo es trabajar, la tripulación tiene tiempo para disfrutar del buen vino gallego, o más bien del malo. En seguida preguntan por un lugar donde probar el albariño a buen precio, quizás para compensar después de estar bebiendo vino de cartón durante la tarde. Será esta mañana cuando los polacos volverán a gritar desde el mástil «¡Tierra a la vista!». Atracarán también en Oporto donde podrán seguir disfrutando del vino, esta vez de los caldos del alto Duero.