Miles de personas toman el Casco Vello durante todo el fin de semana
27 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Huele a madera mojada, al humo de las churrascadas y a los chorizos del país; a vino y a aguardiente; a pulpo, a pimientos e incluso a filloas. El Casco Vello es desde ayer un puzle de olores. Casi todos ricos. Todos evocadores y aderezados por la dulzura de los sones de las gaitas, omnipresentes en todos sus rincones.
Quizá las calles de la zona vieja de Vigo no se parezcan en nada a como eran en 1809. No porque, en gran parte, hayan sido renovadas, o porque la gente no trate de aparentar que visten igual, sino porque parecen un bazar árabe, pero de puestos dedicados a la venta de comida, bebidas y artesanía.
Es la Festa da Reconquista de Vigo. Un invento de los vecinos del Casco Vello que, tan solo con dieciséis años de trayectoria, logra atraer a miles de personas durante sus dos días de duración. El perfeccionamiento es continuo y cada año, la asociación de vecinos introduce novedades. Este año se añadió una escena dramatizada de los hechos históricos que se conmemoran.
Alcalde destituido
Sobre un escenario en la Praza da Pedra, los actores-vecinos explican a quienes quieren oír qué ocurrió, aproximadamente, en los momentos previos a la ocupación francesa. Francisco de la Rocque y el alcalde Alonso Cayro son destituidos al grito de «¡Defensa!», en alusión a la actitud de oposición a la entrada del francés.
El amateurismo de los participantes no empaña el mensaje, que quiere hacer ver que es el pueblo quien pone y depone a su alcalde. Claro que tanta democracia popular chirría un poco si pensamos en cómo eran aquellos tiempos.
En cualquier caso, el pueblo envió al Feroso a aquellos afrancesados y nombró alcalde a Vázquez Varela y gobernador militar a Villavicencio. Curiosamente, hace unos años a la plaza de A Pedra se le llamaba plaza de Villavicencio en recuerdo de este personaje.
Pero ni con esas se impuso el «¡Defensa, defensa!» que gritaban los paisanos, y el francés entró y se adueñó de las murallas de la villa. Allí estaban los uniformes rojos imperiales, sufriendo el habitual abucheo del paisanaje local que todavía desconocía que significaba la palabra Citroën. ¿O quizá sí? La gabachada protagonizó este año otra de las novedades de la fiesta, al ser instalado su campamento al final de la calle de Teófilo Llorente. Desde allí, Chalot y compañía, con caras de ferreiro, se pasearán orgullosamente hasta esta tarde, en que se les dará pasaporte hacia el norte.
Si esta escena se hace necesaria para conocer los hechos que se conmemoran, e incluso tiene toques cómicos, sí debería eliminarse ya la inauguración oficial que asumen los políticos. A nadie le interesa lo que puedan decir en ese momento, y menos si el concierto lo pagan la Xunta o la Tenencia de Alcaldía. El dinero no deja de venir del mismo peto: el de todos los vecinos.
Dos ciudades en una
Al margen de la representación histórica, el Casco Vello se mostraba ayer florido. Incluso, la lluvia respetó parte de la tarde, facilitando el callejeo. Desde las plazas de A Princesa y Constitución, hasta A Pedra, el ritmo era completamente diferente a lo que ocurría a la misma hora en la Alameda o en Rosalía de Castro. Dos ciudades diferentes. Incluso, daba la impresión de que se trataba de poblaciones distintas.
Varias asociaciones montaron sus chiringuitos en las diferentes calles del antiguo barrio, entre ellas, un puesto a modo de herrikotaberna galleguista, con las fotografías de varias personas que se encuentran en prisión y el inevitable, en este caso, «denantes mortos que escravos».
Pero, para casualidad, la que se produjo en la calle Chao. Dos días después de que los vecinos se enmascarasen para protestar por el clima de inseguridad reinante, a los organizadores del festejo se les ocurrió ubicar allí las actividades infantiles. Todo casualidad porque el buen ambiente fue la tónica y los otros animales de la granja tan tranquilos se mostraban.
Con solo dieciséis años de antigüedad, el evento atrae a miles de personas
La organización creó en esta ocasión una nueva escena dramatizada