La cabeza es un misterio. La barrera que separa la euforia de la apatía es tan flaca que un resultado puede cambiarlo todo en apenas unas horas. Puede que no merezca mucho la pena pararse ahora en discusiones psicológicas, pero el partido de Albacete va a marcar muchas cosas. Herrera lleva semanas hablando de cambios y solo ha practicado los obligados. Es cierto que los sistemas los hacen buenos los jugadores, pero también lo es que cuando algo no funciona, lo mejor es probar a variarlo. A jugadores como Michu, Álex o el ahora lesionado Joan Tomás no se les ha exprimido como debiera su notable vocación constructiva. Incluso sus cualidades rematadoras.
Las bajas son otro contratiempo notable. Las pulgas de las vacas flacas se multiplican con más facilidad. La falta de fondo de armario condiciona al técnico ya no solo a la hora de fabricar un once, sino cuando gestiona los cambios. Ver a Papadopoulos sobre el césped da una mezcla entre impotencia y compasión. Sin Mallo o Lago, el equipo pierde cuando resta pero también cuando pretende fabricar. Y hace tiempo que no concursan los dos. A nadie se le escapa. Como nadie debería olvidar, oportunismos al margen, que éstos son los mismos jugadores que llegaron hasta aquí de una forma más que meritoria. Y los mismos que tendrán que dilucidar, mañana mismo, si el Celta recupera su autoestima o camina de la depresión a la psicosis.