Todas las corporaciones, sin excepción, nos obsequian con la ceremonia bautismal del concejal o concejala de turno, armados de katiuskas, paseando por el cauce del Lagares y anunciando el fin de los vertidos y el río limpio. Aparentemente, no se escatiman medios: canalizaciones, tanques de tormenta, redes de recogida de pluviales, sistemas telemáticos de control, patrullas ciudadanas... Casi un río de hormigón paralelo al cauce natural. Pero la tecnología parece estar reñida con la tubería. El último informe de Aguas de Galicia señala más de 30 puntos de vertido al Lagares, de los cuales 11 pertenecen a la red municipal de saneamiento. El informe del Proxecto Ríos, la red de voluntariado ambiental que controla y cuida nuestros cauces fluviales, señala también al Lagares como uno de los ríos más contaminados de Galicia. La última noticia, por si no nos hubiéramos dado cuenta cada otoño, es que su curso bajo es una zona susceptible de desbordamientos. Vaya, una de las zonas en las que no se deberían instalar asentamientos humanos ni infraestructuras, que es justo lo que uno se encuentra en ella. El Lagares no necesita que le echen una mano, bastaría con que se la sacásemos de encima. Bastaría dejar que la naturaleza recupere nuestro río.