El catalán que nutría a los autobuses

b.r.sotelino VIGO / LA VOZ

VIGO

M. MORALEJO

José Luis Soler relevó a sus padres en la tienda que vivió tiempos de gloria de la calle Uruguay

15 ene 2012 . Actualizado a las 07:01 h.

La historia de El Catalán tiene tanto pasado que su actual propietario, José Manuel Soler Rodríguez, es incapaz de precisar cuándo echó a andar la tienda que vivió tiempos gloriosos cuando la calle Uruguay era un hervidero de gente.

No hay ningún cartel ni nunca lo hubo, pero todo el barrio sabía el nombre del local, que en aquellos tiempos también daba servicio como bar en el anexo que se comunica por dentro con entrada a la calle Gravina y que ahora ya no se usa.

Cuando su abuela, la compostelana Generosa, se quedó con el establecimiento, ya era tienda. El propietario era catalán y se quedó con el nombre con el que la gente conocía el comercio. La madre de José Manuel se integró en el negocio. «Cuando ella conoció a mi padre, él también se puso a trabajar aquí, aunque tenía un puesto en el Ayuntamiento, en arbitrios, que dejó», recuerda Jose Manuel, que es el tercero de cuatro hermanos y el que se quedó al frente del colmado aunque todos ellos pasaron allí casi toda su infancia, ya que la familia vivía en el segundo piso del mismo edificio.

Que vivían en aquel piso es casi un decir, porque quizás pasaban más tiempo en el bajo que en su propia casa. El trajín que se registraba en la calle Uruguay por aquel entonces era algo ahora inimaginable viendola convertida en la actualidad en una vía de aceras anchas y escaso tráfico tanto humano como de automóviles.

«En aquellos tiempos salían todos los autobuses de esta calle. Aquí delante paraba el Atsa de Baiona, un poco más lejos paraban los de Castromil, que cubrían las comunicaciones con el norte de Galicia, y también la empresa Raúl, y Auto Industrial, que iba a la zona de Ourense. Eran miles y miles de personas entrando y saliendo todo el día a todas horas», recuerda.

Además de atender al mar de gente que llegaba y se iba de Vigo, El Catalán era proveedor del Hospital Xeral. «Residencia Almirante Vierna», apunta mencionando su antiguo nombre. «Eran tiempos de oro, de mucho trabajo, pero de oro. Nosotros -cuenta incluyendo a sus hermanos- ayudábamos a despachar y a llevar pedidos, y además mis padres tenían empleados y chicos para el reparto», añade.

En el 2009 falleció su madre, Carmen Rodríguez Varela, y un año después le siguió su padre, Fernando Soler, que murió con 90 años. Desde entonces José Manuel sigue al pie del cañón luchando contra los elementos, contra la crisis, contra los impuestos y contra el comercio de las grandes superficies.

«Se nota un bajón tremendo», reconoce en relación a aquella época gloriosa. «Antes no parabas. Comías un bocadillo de pie al mediodía, porque la gente que venía de las aldeas se quedaba esperando los autobuses que no salían hasta la tarde y o compraban para comer o comían en nuestro bar. Pero era cosa de todo el día. Me acuerdo que en verano yo llegaba a las 8.30 de la mañana y ya estaban esperando chicas que trabajaban en casas en Baiona para llevarse mercancía porque en aquellos tiempos había poca oferta allí. Y por la noche no cerrábamos hasta las tantas».

Las cosas han cambiado mucho, pero el trabajo no falta, aunque no produzca los mismos beneficios. «Ahora me levanto también muy temprano porque hay que ir al mercado, al almacén, descargar, atender, hacer pedidos... y lo hago yo todo. Duermo poco», admite José Manuel, que no tiene relevo generacional para esta tienda de ultramarinos que según asegura, puede tener más de cien años. De todas formas, advierte que si hubiera reemplazo familiar, no se lo recomendaría. «Es muy duro, muy esclavo. A las 7.30 ya estoy en pie y hasta las 10 de la noche como mínimo, continúo. Y he mejorado, que antes cerraba más tarde. Aquí me han dado hasta la una de la madrugada», reconoce.

Desde 1948.

Uruguay, 24.

Como productos diferentes que ofrece destacan el bacalao, miel de Ourense, lacón y chorizo de Lugo o grelos de Santiago.