«Nunca dejé de tomar las uvas»

xulio vázquez VIGO / LA VOZ

VIGO

M. MORALEJO

Luis Barbosa Iglesias vive junto al Náutico y le llaman «el Jefe» los otros indigentes: «Unas chicas del botellón casi me mean encima»

21 ene 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Le apodan el Jefe como a Bruce Springsteen. Pero la vida de José Luis Barbosa Iglesias (50 años) en nada se parece a la del Boss del rock. Se trata de un sintecho y los que se lo llaman son también indigentes como él. «Me lo dicen porque soy el que más tiempo llevo viviendo en la calle, aunque a mí no me gusta. ¿Soy jefe de qué...?», replica. Es natural de Redondela, del barrio do Coto, en Cesantes. Desde hace seis meses fijó su domicilio bajo el alero de una cafetería que permanece cerrada en las inmediaciones del Real Club Náutico de Vigo. Con esa dirección es más fácil que le ladre un perro a que reciba una carta. «No tengo a nadie que me escriba», confiesa.

Su hogar se reduce a cuatro bártulos junto a una pared. Tiene por cama un raído colchón y se tapa con un par de mantas apolilladas. «Duermo vestido y con dos chaquetas para soportar mejor el frío», señala. Suele acostarse y levantarse tarde. Emplea horas en mirar el paisaje urbano, sobre todo hacia los veleros del Náutico. Almuerza y cena en dos bares próximos que lo acogen como a un hijo pródigo. En su rostro se aprecia una barba blanca algo descuidada. Lo achaca a la pérdida de visión. Acude al servicio de alguna cafetería para su aseo personal y también a una oenegé. Aunque algo desaliñado, su aspecto no es tan deplorable como el de muchos mendigos. «Jamás he pedido limosna», responde con cierto orgullo, aunque en un tono muy familiar. Tiene una mirada entre alegre y triste. «He llorado yo solo y mucho, porque a veces me deprimo, pero también me he reído en cantidad», comenta.

Cuenta como anécdota que «unas chicas jóvenes que participaban en el botellón llegaron hasta aquí y casi me mean encima». «Fue en un abrir y cerrar de ojos. Creyeron que yo estaba dormido, se bajaron las bragas a un palmo de distancia, mearon y se fueron. Pero no les dije nada, no fuese que me dijeran que llovía, ja, ja...», narra y gesticula como si las estuviese viendo.

Su peor momento fue cuando presenció un asesinato en toda regla. «Vi como un ucraniano mató a un portugués en esta zona. Ahora está en la cárcel pagando el delito. Lo acuchilló delante de mí ¡Cómo sangraba! Ni tuve tiempo de socorrerlo, porque cayó al suelo moribundo», relata.

El temor a que alguien le pueda hacer daño de noche es lo único que le preocupa. Se declara creyente. «Le rezo a Dios antes de acostarme, para que pueda dormir en paz y también cuando me levanto para que pueda tener un día tranquilo. Una vez vinieron por aquí los evangelistas, pero les dije que se fueran, porque yo soy católico. Algunos domingos acudo a la concatedral. No voy a pedir, pero tampoco a dar. Me gusta escuchar la misa», puntualiza.

Luis Barbosa pertenece a una familia de doce hijos. Fue carpintero. Estuvo casado y es padre de tres hijos. Su vida comenzó a dar tumbos tras el divorcio. «A mí ya me pesaba la cabeza y encima mi exesposa me puso los cuernos (levanta los dos dedos índices a la altura de la frente) hasta que estallé y me volví loco. Fue en el año 1994. Juré que no volvería a convivir con otra mujer y lo llevo a rajatabla. Otra cosa es el sexo, porque alguna oportunidad ya se me ha presentado. Pero nunca lo hice en la calle. No como algunas parejas que vienen aquí a molestarme. Si es palmera hablase (señala con el dedo), cuántas cosas contaría, incluso de algunos homosexuales», argumenta.

Antes de acabar en la calle, abusó de la bebida, pasó bastantes años en albergues, estuvo hospitalizado y a tratamiento psiquiátrico. Pero nunca se acostumbró a la hospitalidad ajena, «porque a mí me gusta fumar y beber un poco. Lo ideal sería un albergue con habitaciones individuales y que nadie nos controlase la entrada y la salida». Tiene una pensión de poco más de 300 euros y dice que le llega para sus vicios, «además este mes estuve de suerte, porque el Estado me dio 200 euros a mayores». «Me vino al pelo, ja, ja...», añade.

Rompió todo lazo familiar. «Un pariente quiso llevarme, pero fue a raíz de recibir la paga, porque quería mi dinero. Pero yo sigo aquí y, si me echan, buscaré otro lugar. En Fin de Año nunca dejé de tomar las uvas», manifiesta. Su deseo: «Subir a un avión, ver al Papa y viajar en una góndola por Venecia. Luego, ya me puedo morir».