Vean esta curiosa foto. Tiene su encanto el perfil industrial de Vigo. Las grúas de pico de pato recortadas contra el cielo, el trajín incesante de contenedores en el puerto de Guixar, los pitidos, ruidos y bocinazos perennes, el mar como gigantesco imán que convirtió a Vicus -o a Burbida, según la reciente teoría- en Vigo. Pero la industria es una industria brumosa. Una densa niebla cubre hoy a todo lo que hasta hace no tantos meses era el pulmón de la ciudad. Quiso la coincidencia que ayer esa nube espesa envolviese la ría, que el hasta hace nada presidente del mayor astillero privado de España tuviese que sentarse delante de un juez acusado de maquillar las cuentas y que todo el naval se mordiese las uñas pendiente de una reunión en la que hoy Almunia decidirá, con toda su crudeza, si el sector se va al garete.
Si el impasible Almunia obliga a devolver las ayudas del tax lease, que convirtieron a los astilleros de Vigo en una referencia mundial y que en su día se cobraron legalmente, esta ciudad conocerá un nuevo tope de desempleados, cuando ya pensábamos que 35.000 personas eran más que suficientes. Tal vez sea eso lo que en Europa llaman políticas activas de empleo: destruirlo activamente. No solo está en juego el naval, sino todo cuanto mueve el naval: hostelería, auxiliares que exploran nuevos modelos de negocio, empresas de apoyo, turísticas y un largo etcétera. Entre hoy y el día 17 en Bruselas se decide si crece el paro en Vigo. Es algo a lo que nos tienen acostumbrados esos señores que dirigen el mundo refugiados por sus trajes, sus corbatas y sus carteras de piel: imponen una ortoxia que ellos mismos inventan para que las cifras estén en orden, cuando fracasa idean otra y a las personas que nos den.
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