Los mandamases de los principales partidos políticos -y de los otros también- están preocupados. O eso dicen. Faltan diez minutos para las europeas y no saben con qué banquillo van a contar. Si de formar un equipo deportivo se tratara, bastaría con exhibir poderío económico y el fichaje estaría garantizado. Pero aquí los cheques de ocho cifras -o los sobres de cuatro- lejos de ser la solución son garantía de enmarañamiento del problema. Lo están poniendo por escrito las y los jueces día sí y día también. La mancha de la corrupción se ha extendido de tal forma que el problema de los partidos, con ser gordo, no lo es tanto como el de los ciudadanos. Porque si los unos no tienen candidatos, los otros no tienen a quién votar. La sensación -certeza en el caso de varias siglas- es que ya no quedan papeletas inmaculadas.
Hasta hace una semana la provincia de Pontevedra era un oasis. Ahora sabemos que solo lo parecía y que el lago rodeado de palmeras no era más que un espejismo, en el que los patos chapoteaban a su antojo. Luego los mandamases de los principales partidos políticos -y de los otros también- se extrañan de la desafección que sienten los ciudadanos por la política. Quizá si cuando sale a relucir un «presunto» embadurnado de corrupción, en lugar de recurrir a la letanía del «no me consta», «no lo sé», «hay que dejar actuar a la justicia», echaran mano sin contemplaciones de la vara de fulminar «presuntos», se acabaría la desafección. Y lo que es más importante, estaría casi garantizado que los que se metieran en la cosa pública lo harían por vocación de servicio y no para hacer experimentos con el arte de la trilería. Y, desde luego, no para firmar según qué indultos mientras guardan silencio sobre los de Carlos Rivas y Serafín Rodríguez, cuyo único pecado, como reconoce la sentencia, no fue hacer, sino estar.
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Ahora sabemos que los patos chapoteaban en el espejismo