No es extraña la destitución de Lendoiro como embajador de la Liga de Fútbol Profesional. Lo raro es que hubiese llegado al cargo. Hablamos de un tipo que, en diciembre de 2012, le presentó a los accionistas de su club unas cuentas con un beneficio neto de 5.610 euros. Dos meses después, se destapaba que el Deportivo tenía una deuda de 160 millones de euros, de los cuales 96 correspondían a la Agencia Tributaria. Si cualquier ciudadano le debe a Hacienda la milésima parte de esto, se va a la cárcel de cabeza.
Así pues, un presunto gestor que engañaba a sus socios y le hurtaba los impuestos a todos los ciudadanos recibe como premio el cargo honorífico de «embajador» de la Liga. Como si se tratase de una persona ejemplar. Por lo tanto, la noticia no es que esta semana le hayan retirado los laureles, sino que los hubiese recibido en algún momento.
Vuelve a demostrarse que la gestión del fútbol, muy a menudo, es un completo despropósito. Como casi todo lo que rodea el caso del radical coruñés asesinado el domingo en Madrid.
Un auténtico drama en el que hay quien pretende ver hasta explicaciones políticas. Cuando esta tragedia es la consecuencia de hacerle al caldo gordo (como Lendoiro) a unos peligrosísimos descerebrados, que son los ultras.
Horas antes de la batalla campal del Manzanares, desaparecían dos marineros gallegos en el naufragio del pesquero O Safrán. Y su muerte no ha merecido ni una parte infinitesimal de cancha mediática ni de homenajes públicos. Cuando hablamos de unos infortunados trabajadores que salieron a ganarse su pan y el de sus familias. Mientras que el muerto en Madrid fue deliberadamente a ejercer la violencia y terminó sin vida, porque decidió jugársela gratuitamente
¡Y algunos, como Lendoiro, aún lo quieren convertir en un héroe!
eduardorolland@hotmail.com
¡Y algunos, como Lendoiro, aún lo quieren convertir
en héroe!