En España, existe una policía civil y otra militarizada, llamada Guardia Civil. El lío de nombres no es extraño en el país de llamar a las cosas al revés. Aquí triunfan el «crecimiento negativo» y la «tolerancia cero». Suponemos que para despistar al enemigo, como en los monólogos de Gila. El genial humorista nos gustaba porque nos describe a la perfección. En especial, en la vertiente chapucera, que es Marca España.
La desgraciada muerte de una agente en un atraco en Vigo ha destapado el escándalo de que el Cuerpo Nacional de Policía apenas tenga chalecos antibalas. Ni siquiera para sus unidades de intervención rápida, las más expuestas en la calle. Los policías se los tenían que comprar ellos mismos, al igual que los guantes anticorte, las botas o incluso las linternas. Si no fuera un drama, recordaría al chiste de Gila en el que los artilleros van con el obús en brazos, corriendo, porque compraron el cañón sin agujero. Aquí se ha tirado el dinero público en infinitas chorradas, mientras lo básico, lo relacionado con la vida de las personas, se ha postergado como algo accesorio.
Baste como ejemplo el plan que este año presentó la Dirección General de la Policía para cambiar las insignias de sus uniformes. Que sale a unos 44 euros por agente y un total por encima de los 3 millones de euros. Básicamente, consiste en que los mandos tengan unos emblemas más vistosos, más parecidos a los militares, que incluyan galones dorado sin ángulo y la incorporación de la corona de España.
El proyecto describe así las importantísimas nuevas divisas: «Tendrán integrado en su soporte como elemento principal la Corona Real de España, forrada de gules, constituida por un círculo de color oro engastado de piedras preciosas, sumado de ocho florones de hojas de acanto de color oro (visibles cinco), interpoladas de perlas de cuyas hojas salen otras tantas diademas de color oro, sumadas de perlas que convergen un mundo con el ecuador y el semimeridiano de color oro».
Cuando hay policías sin chaleco antibalas jugándose la vida en la calle, a mí este texto me deja muerto. Y esto no es demagogia, sino criticar una gestión. Sin entrar en si es necesario el cambio de uniformidad, lo evidente es que, al gobernar una institución, hay prioridades. Nadie se gasta el dinero en pintar su casa cuando no tiene ni para comer. ¿Que hace falta una mano de pintura? No hay duda. Pero, en una gestión racional, se daría cuando estén al menos garantizadas las lentejas en el plato.
Los chalecos antibalas debieron ser siempre una prioridad. Y no lo fueron con este ni con los anteriores gobiernos, todos eso sí muy preocupados en la parafernalia. Los bobbies ingleses apenas han cambiado su uniformidad en siglos de existencia. Mientras que aquí cada ministro parece querer dar su impronta a la vestimenta, para que los comisarios, en los Ángeles Custodios, luzcan primorosos y de primera comunión.
Aunque muchos políticos manden a agentes y guardias a hacer barbaridades, que los mandan, a algunas manifestaciones o a la valla de Melilla, por ejemplo, la policía en general hace un trabajo enorme. Y no hay derecho a que se jueguen la vida en un país que a veces parece sacado de un monólogo de Gila.
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