El paro, la corrupción, la economía, los políticos.... Ninguna de estas preocupaciones, que son las que los españoles situamos en los primeros lugares del ránking según el CIS, es comparable a la del calendario. 45 días (ni uno menos) faltan para elegir nuevos gobernantes locales y algunos autonómicos. 45 días para escuchar, sin derecho a réplica, mentiras como puños. Unas en forma de promesas y otras en forma de recuento de lo hecho. 45 días de representaciones teatrales que hace tiempo que no conectan con el respetable, harto de bises gratuitos que no ha pedido. 45 días de yos, mis, mes y conmigos que para nuestra desgracia no interpreta Sabina sino el candidato de turno.
La maldición del calendario no perdona. 45 días en los que los políticos (y los que aspiran a serlo), se pelean con cuantos molinos encuentren a su paso con tal de que su nombre o sus siglas aparezcan en un titular, aunque sea en el faldón de página impar. A medida que se acerca el día D, el suplicio crece. Las peleas verbales suben de tono, el «y tu más» amplía el espectro con variaciones sobre el mismo tema y, lo que es peor, nos acosan en cada esquina en forma de valla exigiendo un voto que, en justicia, no se merecen porque no han cumplido su parte del contrato. Ellos lo saben, nosotros lo sabemos, pero el día 24 todos volveremos a celebrar la fiesta (?) de la democracia.
Eso no quiere decir que tengan que poner a prueba nuestra paciencia hasta límites insoportables con sus promesas de una vida de jauja que también ellos y nosotros sabemos que se desvanece al día siguiente de los comicios. Como reconocía ayer Rajoy, una cosa es prometer y otra gobernar. Pues eso, ahorrémonos 45 días de suplicio electoral. Todos saldríamos ganando. Sobre todo teniendo en cuenta que el 24 de mayo no es más que la primera estación del duro vía crucis de este 2015. Lástima de calendario.
soledad.anton@lavoz.es
Nos acosan en forma de valla exigiendo un voto que no se merecen