El Concello deja que se pudran sus vehículos pesados

Con camiones de hasta 40 años y solo dos mecánicos no puede realizar un antenimiento adecuado. Y se nota

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vigo / la voz

Revisar los vehículos más voluminosos del Concello es un viaje al pasado, o conocer «dinosaurios de cuatro ruedas», en palabras de un operario municipal. Otro cree más adecuado relacionar esta flota «con coches a la cubana», en alusión al país caribeño, donde los antiguos y enormes coches americanos se han mantenido en uso a base de imaginación y maestría por falta de repuestos.

Parece evidente que el parque móvil del Concello vigués se cae a pedazos. Una plantilla envejecida y cada vez más reducida (aproximadamente una treintena de personas) para una cifra de vehículos numerosa (sobre 200, incluyendo los de bomberos y varios de la Policía Local de titularidad municipal pues la mayoría son de renting) y aún más vetusta que los empleados públicos que los manejan, de media de edad elevada. Y todos ellos mantenidos por dos mecánicos que no dan abasto.

Un encuentro con varios de operarios, acompañados por integrantes del comité de personal, permite hacerse una idea de un departamento olvidado por los responsables locales. Relatan mil y una experiencias de como es el día a día. Y empiezan, curiosamente, por el camión más nuevo, aunque ya tiene siete años. «Circulando por la carretera de Camposancos se estropeó y no hubo otra que aparcarlo en la sede de FCC (concesionaria de limpieza y basura). Allí estuvo... más de quince días. «Había problemas para conseguir las piezas necesarias, nos dijeron, pero en este caso era relativamente nuevo. Pasó también con otros; por ejemplo con una excavadora, igualmente veinte días fuera de uso».

En estos casos el departamento tiene que funcionar más aún a medio gas. «Creemos que a los dirigentes municipales no les preocupa. Incluso, que algunos es lo que buscan. Prefieren llamar a empresas privadas para que hagan los trabajos, pese a que aquí hay personal y medios, aunque limitados, vetustos y anticuados», explica un funcionario.

El personal del parque propone un ejercicio al periodista. Abrir la puerta de un camión y subir. Lo que parece un ejercicio sencillo, se complica. Tras apoyar el pie en el escalón de apoyo el suelo parece moverse. Está suelto y hay que buscar un sitio para impulsarse. «Es una cruz para nosotros», explican.

Una vez dentro, las dificultades se mantienen. Cinturón casi rígido, difícil de colocar y todavía más de soportar. Una puerta con cuerda añadida para cerrarla, repisas rotas, hierros oxidados a la vista y la sensación de que el vehículo es carne de desguace.

El anecdotario que manejan es variado y la sensación general de que es un departamento a extinguir. «Los camiones en buen estado pueden gastar 35 litros a los 100 kilómetros y muchos de estos andan por los 100, sueltan un humo negro que asusta. Pueden circular porque en la ITV les aplican la norma del momento en que fueron adquiridos. En caso contrario, no les permitirían circular». «Y no solo eso. El tornero se va a jubilar, así que cerrará el taller, y al herrero poco le queda. Ocurrirá lo mismo. En desinfección quedan dos personas, que no dan abasto. Pero no les preocupa; llaman a la empresa privada y ya está. Pero eso tiene un coste económico que a nadie parece preocupar». «Ninguén pode ser tan neglixente. Está feito adrede», es la conclusión ante lo que intuyen como crónica de un desmantelamiento anunciado. «Y si hay que asfaltar, empresas privadas ya que siempre una máquina está averiada, pero no nos dan medios».

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