Idilio con el taekuondo desde los tres años

M. V. F. VIGO

VIGO

M.MORALEJO

La moañesa Bárbara Di-Martino se inició siendo muy niña en el deporte en el que ahora ejerce a la vez de entrenadora

31 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Bárbara Di-Martino (Moaña, 2002) tenía tres años cuando el taekuondo se cruzó en su camino. Lo practicaban su hermana y un compañero de colegio que la animó a probar. Y llegó para quedarse, aunque con amago de abandono prematuro. «Uno de los primeros días que fui, me tocó entrenar con los mayores, hice una vuelta y me caí. Me quedé con la sensación de que todos se rieron de mí, me dio mucha vergüenza y no quería volver», recuerda sobre aquella niña que daba sus primeros pasos en el que iba a ser el deporte de su vida. «Me convencieron para volver y ya son 20 años», dice la que actualmente también es entrenadora del Hebe, aparte de seguir compitiendo a alto nivel.

Su primera incursión como técnica fue completamente improvisada. «Tenemos niños a partir de tres años y cada vez son más los que empiezan. Había una clase en que se juntaban muchos y eran demasiados para una sola entrenadora», dice en referencia a Noelia Pérez, responsable del club junto a Jacobo Ríos. «Ellos sabían que siempre había tenido esa idea de dar clase, que me gustaba, así que me lo propusieron», recuerda. Fue hace alrededor de tres años.

Ahora mismo, se gana la vida con este deporte, dando clases por las tardes a niños, y también impartiendo gimnasia de mantenimiento para mayores por las mañanas. «Al principio, me costó adaptarme a ellos. Se dice que cuando somos mayores, volvemos a se como niños y sí que hay ese parecido, pero son personas que se han educado de otra forma, con otros valores, y es diferente», comenta. Pasado el período de adaptación, eso sí, está «encantada» con ellos.

Para Di-Martino, el taekuondo es «una forma de vida» y también «una distracción». Ahora, lesionada en una rodilla, extraña mucho poder practicarlo. «Necesito entrenar y me agobio al no poder. Me evado en ese momento de entreno, me lo paso bien, me río con los compañeros», destaca. Pero también hay una dualidad que hace un año le hizo plantearse dejarlo. «No estaba en mi mejor momento, ni física ni mentalmente, y los resultados no fueron los esperados. Me lo llevaba a casa y me estresaba, solo hablaba de eso y me comía la cabeza. Pero ahora lo llevo mejor», cuenta.

Este año, no lograron la clasificación para el Europeo, pero fue capaz de «enfocarlo de otra forma». Pero sigue siendo muy autoexigente como deportista y, en menor medida, en su faceta de entrenadora, reconoce. «Los mayores a los que doy clase son de diez años y van a competir, les exigimos unos mínimos y una disciplina, pero los hay que realmente están interesados en pasarlo bien con sus amigos», explica. Y ella combina esa exigencia con la permisividad, asegura: «Siempre les digo que tenemos nuestro momento de juego, de reír, hablar y pasarlo bien y también el de centrarse, estar serios y hacer los punches. También me adapto mucho, me gusta conocerlos, saber cómo es cada uno. Para mí, son mis niños», proclama.

Como taekuondista, lleva desde el 2018 yendo cada año al campeonato europeo o al mundial, que se alternan en el calendario. «Soy tercera de Europa y novena del mundo», dice preguntada sobre los logros de los que más orgullosa se siente. «Ahora mismo, veo el taekuondo como mi vida. Si me preguntan qué quiero hacer en el futuro, estaría contentísima si puedo seguir dando clase, entrenando y compitiendo. Soy feliz, estoy muy cómoda y los niños me encantan, me gustaron siempre», afirma.

Otro punto a tener en cuenta como entrenadora es la relación con los padres, que varía mucho en función de distintos factores. «Depende de si el niño compite o no, de qué nivel tiene... Pero siempre es importante tener una buena comunicación con ellos, que se involucren», valora. Y entre los padres de sus alumnos está Iago Aspas, pues el mayor de sus hijos forma parte del Hebe. «Es un niño como cualquier otro, por supuesto», aunque al principio, sí había revuelo cuando el jugador del Celta aparecía por el gimnasio. «Flipaban todos y los agobiaban un poco. Pero se habló y está todo normalizado», celebra.

También está cada vez más normalizada la idea correcta del taekuondo, desterrando el mito de que es un deporte «de pegarse». «Hay niños que aún lo relacionan con eso, que vienen y te dicen: ‘Vamos a pelear’. Les inculcaron eso, pero ya se les explica que no», ahonda. Incluso conoce casos de padres que no quieren que sus hijos hagan este deporte «porque lo ven como algo violento». «Aquí no se enseña nada violento, aunque haya modalidad de combate. Hay niños que sueltan y se desfogan entrenando y luego llegan a casa más tranquilos», ejemplifica Di-Martino.

Auxiliar de enfermería

Con formación como auxiliar de enfermería, Bárbara Di-Martino no descarta ejercer en el futuro, pero ahora está centrada en el taekuondo, también con la idea de seguir sacando niveles como entrenadora. «Hice el ciclo y me encantó, así que sí que me gustaría retomarlo en algún momento, pero ahora estoy muy cómoda con lo que hago y con lo que tengo», celebra.