Si el Gobierno declara la zona gravemente afecada por una emergencia civil, no debe minimizarse el impacto
30 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.El pasado 30 de octubre, un depósito de aceite de palma implosionaba en el puerto provocando que dos trabajadores resultasen heridos y unas cien toneladas se vertiesen en Guixar, para luego desplazarse en función de las corrientes a otros puntos de la ría. Durante el proceso de intentar contener el vertido primero y recuperarlo en los diferentes puntos a los que se extendió después, desde la Autoridad Portuaria se insistió en que dicho vertido era «totalmente inocuo», tanto para las personas como para la fauna marina. Cuesta entender, entonces, los enormes esfuerzos que se destinaron a contener y recuperar el vertido si realmente fuera inocuo.
Durante la semana siguiente, como anunciaba la Consellería de Medio Ambiente, además de en Guixar la mancha llegó a las playas, «aunque el vertido afectó inicialmente solo al arenal de Borna, en Moaña, muy próxima al astillero Rodman, en las últimas horas también se constató la presencia de galletas de diferentes tamaños de este material en las playas de Nerga, Viñó y Barra, las tres localizadas en O Morrazo». Dicho esto, tras dejar caer que la responsabilidad del vertido si llegaba a las playas no era cosa suya, sino de los concellos, en este procedimiento habitual entre administraciones de tener competencias en lo que sea si es una buena noticia y no tenerlas si la noticia es mala. En cualquier caso unos días después ya se habían recogido más de 94 metros cúbicos de material procedente del vertido.
Pero ¿un vertido de 100 toneladas de aceite de palma es inocuo? Obviamente, no estamos hablando de un vertido de petróleo o sus derivados, con su extrema toxicidad, pero tampoco se trata de algo tan inocente. Aunque es biodegradable y menos persistente que el petróleo al flotar, forma una película impermeable que bloquea la entrada de oxígeno al agua, pudiendo provocar muertes por hipoxia en peces, crustáceos y moluscos que entren en contacto con el vertido, además el aceite cubre branquias, plumas y piel de animales, pudiendo provocar hipotermia y envenenamiento. Las aves marinas, por ejemplo, al entrar en contacto con el aceite les apelmaza las plumas reduciendo su capacidad de volar y su aislamiento térmico (además de lo que tragan al intentar limpiarse que afecta a su aparato digestivo). En puertos y zonas costeras, el aceite se adhiere a rocas y llegó también a las playas. La temperatura era muy baja, por lo que se solidificó formando bloques duros que pudieron afectar a invertebrados intermareales y larvas. Su degradación por bacterias consume mucho oxígeno y puede alterar la cadena trófica. Los contaminantes (ácidos grasos) se acumulan en tejidos de peces y mariscos, entrando en la red alimentaria y afectando aves y mamíferos marinos.
La conclusión es que un vertido de un producto «natural» también afecta a los ecosistemas litorales. Pero esta misma semana el Gobierno, a través de una propuesta del Ministerio del Interior, ponía el epílogo al declarar el vertido de aceite de palma del puerto como una de las catalogadas como «zonas gravemente afectadas por una emergencia de protección civil», lo que implica que se pueden solicitar las ayudas para paliar los daños, por cierto, pues tampoco minimicemos el coste económico de todo el personal y equipos movilizados para recuperar el vertido.
Nuevamente, parece difícil entender que un vertido calificado como totalmente inocuo sea catalogado como algo que afecta gravemente a una zona. El vertido de aceite de palma no fue ni mucho menos un Prestige a escala local, pero tampoco se puede minimizar afirmando que ha sido totalmente inocuo. Y debería servirnos de aprendizaje.