Viernes, 14 de Noviembre 2025, 10:31h
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Se dice que Munch caminaba al atardecer por un sendero en Ekeberg, cerca de Oslo, cuando el cielo se tiñó de rojo sangre. Algo se quebró en su interior. No fue solo el paisaje, fue la certeza repentina de que el universo entero aullaba. Él mismo lo anotaría: «Sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza». De ese instante nació el cuadro que todos reconocemos, aunque pocos hayan estado frente a él. Esa criatura andrógina, ese espectro de carne que se lleva las manos a la cabeza mientras su boca se abre en un alarido silencioso.
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