En la década de 1960, cuando el establishment científico sostenía que la evolución era únicamente cuestión de competencia y supervivencia del más apto, una bióloga ... llamada Lynn Margulis propuso algo revolucionario: las células complejas que componen nuestros cuerpos no surgieron de la lucha, sino de la cooperación. Su teoría de la endosimbiosis plantea que las mitocondrias y los cloroplastos –esas estructuras fundamentales que generan energía en nuestras células– fueron en su origen bacterias independientes que, en lugar de devorarse mutuamente, eligieron colaborar.
Margulis observó que estas estructuras celulares se parecían notablemente a las bacterias y, lo que era más revelador, contenían su propio ADN, diferente al del núcleo celular. Las investigaciones genéticas posteriores, realizadas por equipos como los de Carl Woese y Ford Doolittle en los años setenta, confirmaron su intuición: el ADN de los cloroplastos era ADN de cianobacterias, y el de las mitocondrias se asemejaba al de bacterias causantes del tifus. Las células eucariotas –las que forman todos los organismos complejos, incluidos nosotros– no son individuos aislados, sino comunidades estrechamente unidas, fruto de antiguas alianzas simbióticas.
Durante años, las teorías de Margulis fueron despreciadas y ridiculizadas por el establishment científico. La idea de que la cooperación pudiera ser un motor fundamental de la evolución contradecía el paradigma dominante de la competencia darwiniana mal entendida. Margulis tuvo que soportar el rechazo de sus artículos, el escepticismo de sus colegas y la marginación académica. Solo con el tiempo, cuando la evidencia genética se volvió irrefutable, la comunidad científica reconoció que había estado equivocada. La evolución, resultó ser, era más flexible y cooperativa de lo que se creía.
Esta historia científica resuena poderosamente con el momento sociopolítico que vivimos. Hoy predomina un discurso que exalta la competencia, el individualismo y la supervivencia del más fuerte. Se nos dice (y billonarios como Elon Musk insisten en ello) que el progreso surge de la lucha, que debemos competir unos contra otros por recursos limitados, que la solidaridad es una debilidad.
Pero la endosimbiosis nos enseña lo contrario. No fueron los organismos más agresivos o competitivos los que dieron origen a la vida compleja, sino aquellos capaces de cooperar, de reconocer que juntos eran más fuertes que separados. Las mitocondrias y las células hospedadoras no se aniquilaron mutuamente; encontraron una forma de coexistir donde ambas partes salían beneficiadas. De esta alianza surgió toda la complejidad biológica que conocemos: plantas, animales, hongos, toda la diversidad de la vida.
Nuestros mayores desafíos –el cambio climático, las desigualdades económicas, las crisis migratorias– requieren soluciones basadas en la cooperación solidaria, no en el conflicto. Al igual que aquellas bacterias ancestrales que compartieron sus capacidades metabólicas para crear algo más grande, nosotros debemos reconocer, de una vez por todas, que nuestro futuro depende de la colaboración, del mutualismo, de entender que formamos parte de comunidades interdependientes. Que lo que sucede a miles de kilómetros de nosotros no puede sernos ajeno o nos pasará ineludiblemente factura. Y ya nos está pasando.
La endosimbiosis nos enseña que no fueron los organismos más agresivos los que dieron origen a la vida compleja, sino aquellos capaces de cooperar.
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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