Recuerdo, entre las experiencias más gratas de mi vida, la lectura inaugural de las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro al que ... después he vuelto con terquedad, en busca de nuevos deleites. Pero estos deleites sucesivos nunca logran igualar la impresión que me causó el primer acercamiento a los relatos de Poe, en una edición del Círculo de Lectores que aún guardo, seguro de que la zambullida entre sus páginas me devolverá, como una gozosa reminiscencia, el aroma de aquellas noches absortas en que, a hurtadillas de mis padres, cuando la casa dormía, me enterraba entre las mantas y, armado con una linterna, leía por primera vez El corazón delator, El barril de amontillado, El gato negro y tantos otros títulos inolvidables. Mis padres habían puesto aquel libro a buen recaudo, conociendo mi inmoderada pasión por la lectura, creyendo tal vez que su desfile de horrores podría herir mi sensibilidad todavía tierna; pero yo buscaba, sobre todo, libros que me la hiriesen. Así que cuando mis padres ya se habían acostado, a oscuras y de puntillas (la casa era una caja de resonancia que agigantaba los latidos de mi agitado corazón), iba hasta el cuarto donde se guardaba el libro de Poe y lo arrancaba de su anaquel, para llevármelo a la cama.
Allí, arrebujado entre las mantas (para impedir que la luz de la linterna asomase por debajo de la puerta, delatándome), leía uno de aquellos relatos acongojantes, invadido por un temblor que iba creciendo a medida que se aproximaba el desenlace, hasta convertirse en un hervor íntimo que me dejaba en vela. Me castañeteaban los dientes y el corazón se me subía a la garganta mientras imaginaba los horrores que Poe acababa de desplegar ante mí; pero, extrañamente, en lugar de espantar su recuerdo, me esforzaba por guardar su rescoldo, para que siguiera comunicándome aquel escalofrío tan grato. Estaba, en efecto, asustado (y la clandestinidad de mi lectura aumentaba todavía más el susto); pero tal angustia me procuraba un indescifrable placer que deseaba retener y prolongar, y también repetir a la noche siguiente, y cuantas noches me fuese posible. La lectura (sobre todo si era lectura que robase horas al sueño) siempre me había procurado un placer recóndito; pero aquel era un placer nuevo que nunca antes había experimentado, algo mucho más carnal (la carne de gallina) y a la vez mucho más espiritual (el alma en vilo).
Algunos años más tarde encontraría una explicación a este placer que por entonces me parecía ininteligible. En el prólogo de El horror en la literatura, H. P. Lovecraft indaga las causas de la emoción que nos provoca la lectura de un buen relato de terror: todos, más o menos, tenemos conciencia del «lado oscuro y maléfico del misterio cósmico»; todos hemos experimentado en alguna ocasión un sentimiento de incertidumbre y de peligro, ante un mundo acechado de posibilidades malignas; y todos, a la vez que hemos huido de ese peligro, hemos sentido una inevitable fascinación o curiosidad que, sin embargo, no nos hemos atrevido a satisfacer, por puro instinto de conservación o temor a las realidades preternaturales. Esa fascinación o curiosidad que en la vida corriente no logra imponerse (salvo que uno sea un temerario o un insensato, salvo que esté endemoniado o perturbado) encuentra su desaguadero natural ante un relato de terror, que nos garantiza que la curiosidad que nos despierta la inminencia de un peligro podrá al fin ser disfrutada en plenitud y sin castigo, porque íntimamente sabemos que ese peligro nunca podrá desencadenarse sobre nosotros. Cuanto mejor sea el relato que estamos leyendo (cuanto más primorosa sea su arquitectura verbal, cuanto más vívida sea la narración y más consistentes sus personajes), más porción de nosotros mismos estará prendida del sortilegio; pero incluso cuando leemos una obra maestra, un resorte último en nuestras almas nos garantiza que la amenaza que nos estremece no tiene entidad real, fuera del encantamiento producido por la lectura. En esa certeza última radica el placer del miedo: sabemos que el abismo que se ha abierto ante nosotros no tragará definitivamente nuestras almas, sino que tan sólo las acariciará brevemente con la brisa de un fuego imaginario.
El miedo, como lo define Lovecraft, es la emoción más antigua y más intensa de la humanidad; y experimentarlo, lejos de resultar placentero, causa dolor y deja a veces terribles secuelas en nuestro organismo y, sobre todo, en nuestra alma. Pero recrear esa emoción a través de un buen relato de horror provoca uno de los mayores gozos que uno pueda experimentar. Abro otra vez las Narraciones extraordinarias de Poe y vuelvo a disfrutar del placer del miedo.
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