Sobre qué escribe una cuando el mundo se ha vuelto tan trepidante y disparatado que cada día nos asaltan noticias nunca vistas que nos convierten ... en espectadores ojipláticos de un circo de varias pistas, sin capacidad de asimilar nada porque el dislate de hoy entierra al de mañana? Y no es solo la actualidad la que ha enloquecido. La sensación de frenesí se ha vuelto crónica. Las prisas y el temor a perderse algo y quedar fuera de juego lo monopolizan todo y así, gira que te gira, somos todos hámsteres en la misma noria.
Fíjense en una experiencia agradable; por ejemplo, un viaje de placer. Ahora, resulta que, para que se considere 'bien aprovechado', un viaje debe incluir la visita a seis o siete ciudades o enclaves diferentes, lo que se traduce en madrugones criminales para ver museos / pagodas / pirámides / mercadillos / playas y así hasta la extenuación del esforzado turista que ya no sabe ni lo que ha visto. Y es lógico que no lo sepa porque tan ocupado estaba fotografiándolo todo con el móvil que no distingue ya si lo que tiene delante es la pirámide de Keops o la torre de Pisa.
¿Y qué me dicen de las prisas en las relaciones sentimentales? Hoy es común empezar la casa por la azotea: primero acostarse con alguien y luego, ya si eso, 'empezar a conocerse'. No seré yo quien se rasgue las vestiduras, pero creo que se pierden uno de los momentos más deliciosos de una relación, el cortejo. Un ritual biológico que, si hasta los animales lo practican, será porque, además de placentero, alguna función cumple. Y luego están las prisas en las comidas. No, no hablo ahora de la comida rápida (soy de las que de vez en cuando se zampan una hamburguesa chorreante de kétchup). Me refiero a comer en tres minutos haciendo varias cosas a la vez, trabajar ante el ordenador, contestar whatsapps, redactar la lista de la compra o, valga la ironía, ver un tutorial de cocina en Instagram. Y así, Multitarea nuestra que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, hace uno siete cosas a la vez veinticuatro horas al día.
Y resulta imposible abstraerse a ese vértigo porque, mire uno donde mire, todo invita a las prisas. La publicidad y las redes están llenas de propuestas destinadas a ahorrarnos tiempo: «Aprenda inglés en 15 días; a bailar salsa en 7, y ahora léase el Quijote en dos sentadas con nuestro método de lectura rápida. ¡Atención! Conozca las 50 obras fundamentales de la literatura universal: nosotros se las resumimos en sencillos bullet points…». Comodísimo todo, rapidísimo también. Y cabe la posibilidad incluso de que alguien, con este sistema de cultura precocinada y premasticada, se desasne un poco.
Pero el problema de estos apresuramientos de los que hablamos: turismo exprés, sexo exprés, comida exprés, deporte exprés, cultura exprés, es que nada se disfruta realmente. Porque el placer requiere tiempo, sosiego y maduración. Sí, ya sé que la prisa tiene también sus virtudes. Son divertidas, producen adrenalina, sensación de poder y ganas de comerse el mundo coleccionando experiencias y muescas en el revólver. ¿Pero luego qué? Tal como viene, la sensación se eclipsa y hay que ir a buscar otra experiencia, a ser posible más extrema, para conseguir otro minuto y medio de eso que parece placer, pero no es más que un fuego fatuo.
Y ahora tengo que hacerles una confesión bochornosa. Yo soy una enferma de las prisas. No lo puedo evitar. La imagen que mejor me describe es esa del Conejo Blanco de Alicia en el país de las maravillas corriendo aquí y allá con un enorme reloj en la mano mientras repite «¡Llego tarde, llego muy muy tarde!». Por eso, si he escrito este artículo no es tanto para convencerles a ustedes (que seguro saben todo esto de memoria), sino a mí misma. Así que, para de una vez, Posadas. ¿Adónde vas como pollo sin cabeza? Y lo más grave del asunto es que ni siquiera tengo la excusa de que me gusten ni el turismo apresurado ni el sexo apresurado ni la cultura apresurada… Lo mío es una prisa vacua, visceral, congénita, centrifugada. Pero basta. Ahora, que he visto cómo el mundo gira a mil por hora y se precipitan los acontecimientos a cual más loco y aterrador, he decidido echar el freno. ¿Cómo?, dirán ustedes. Dentro de un par de semanas les cuento. En este momento tengo que darme prisa en acabar este artículo porque ¡llego tarde, llego muy muy tarde! (¿Ven? ¿Qué les dije? Soy un desastre, pero prometo cambiar).
Sobre la firma
Carmen de Posadas es una escritora uruguaya nacionalizada española. Ganadora del Premio Planeta en 1998 con «Pequeñas infamias»
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