Alguien ha observado en estos días, con agudeza innegable –y algo trágica–, que una labor de mantenimiento no se puede inaugurar. Tampoco puede el político, ... en consecuencia, hacerse la foto correspondiente, que sus asesores o él mismo –o ella misma–colgarán en las redes sociales. Y, sin embargo, en los países antiguos, que gozan de cierto bienestar y disponen de infraestructuras desde hace tiempo, es en esa labor casi invisible, poco agradecida y apenas vendible a corto plazo donde está el secreto del éxito o, por decirlo de otra manera, el antídoto contra el fracaso y en el peor escenario contra la catástrofe. Hace tiempo, como invita a pensar la carta de la semana, que lo del relato se nos ha ido de las manos, tanto en la versión autobombo como en la de denigrar al rival. Es hora de gestionar. O hundirse.
La Segunda Guerra Mundial elevó la capacidad de destrucción hasta lo inconcebible con el Holocausto y la bomba atómica. Siempre ha habido antisemitismo y armas, pero nunca con ese nivel de aniquilación. Y ahora seguimos instalados en la hipérbole, generando fuerzas con un severo riesgo de que escapen a nuestro control. Porque si bien lo digital nos trae lo exageradamente innecesario, ahora la omnisciente IA podría volverse contra nosotros. ¿Y qué decir de otros terrenos, como el político? Porque imperialismo y líderes a su medida siempre han existido, pero un presidente tan excesivo como el de Estados Unidos, la potencia hegemónica en declive, nos pone, también aquí, en el abismo. Son riesgos de lo excesivo, algo en que nuestra sociedad lleva años envuelta. | José Miguel Grandal López. Cartagena
De una parte, apagones, descarrilamientos mortales o saqueo descarado de lo que, se supone, es de todos. De otra parte, familias bajo sospecha por ayudar a sus hijos o contratar asistencia, empresarios estrujados por la Seguridad Social y ciudadanos convertidos en vasallos de la banca y la Agencia Tributaria. Se mire desde la oferta o la demanda, España está ganándose a pulso el título de 'infierno fiscal' que por contraste le colgó la prensa extranjera; muy en particular la británica, que acertó al inaugurar el 'agustinismo tributario' con nuestro nunca suficientemente denostado fisco. Tras décadas de desidia política, indiferencia burocrática, acoso tributario, mediocridad bancaria y saqueo generalizado de la cosa pública, España ha llegado a un punto de no retorno; o se desmantela el aparato represivo-recaudatorio de la banca y el Gobierno, o el deber de contribuir al bien público del que habla la Constitución dará paso al derecho inalienable de defenderse del mal público. | Ángel Argüelles López de Maturana. Bilbao (Bizkaia)
Desde 2018 hemos sufrido una pandemia con cerca de 80.000 fallecidos, la erupción de un volcán con 700 millones de euros en pérdidas. Dos guerras, en las que no hemos participado directamente, pero nos han afectado. Una dana con 247 fallecidos y grandes daños materiales. Y cada verano terribles incendios; el último, con una superficie quemada del doble de la de Albacete y Murcia juntas. A nivel internacional, el último año con Trump, las relaciones con España se han complicado. A todo eso hay que añadir los procesos contra la familia del presidente del Gobierno, varios casos de corrupción en su entorno político, más una sentencia al fiscal general del Estado. Qué tiene el poder para, pudiendo tener acceso al Consejo de estado o una pensión vitalicia, soportar todo y no decir: «Adiós, ahí os quedáis, que yo me voy a vivir a Andorra». | Fernando Estévez Carretero. Valoria la Buena (Valladolid)
Vivo cerca de mi lugar de trabajo. Apenas cinco minutos a pie. Un lujo que procuro no olvidar. Abrimos temprano, a las 8, y a veces me toca el turno de mañana, es una tienda, un estanco. Hace unos días, salí de casa todavía con el manto nocturno a la espalda, dispuesto a tomar un humeante café en el bar de Rafa (Narrika taberna, también abre pronto, también vive cerca) antes de comenzar la jornada. El día era gris, lineal, sin aparentes amenazas, ni siquiera verbales al albor del clásico repique que producen los platillos en el mostrador. En fin, un día más. Con paso firme y algo de prisa, entró al bar una chica joven. Gabardina, maletín de ordenador, móvil pegado a la oreja y aire de no sobrarle el tiempo, quizás camino de alguna reunión de algún bufete de abogados. Desayunó, habló y pagó casi a la vez, supuraba seguridad. La chica se disponía a abandonarnos enfilando la puerta. De pronto, como de la nada, la pertinaz lluvia hizo su presencia de manera inesperada. A mares, en un abrir y cerrar de ojos, un diluvio. Ella desesperó. Entonces surgió él, y desde la nada encarnó la generosidad del que da hasta lo que no tiene, sin pedir nada a cambio. No sé su nombre, vive en la calle, con su mochila. Es pequeño (de estatura), delgado, rudo de cara, tez oscura, rostro quemado por la vida. Solo descubro que es portugués. En el bar, Rafa le da un café caliente, y él, como no queriendo molestar, se sienta en la otra acera sin mirar a ninguna parte. Estando como estaba absorto en su café humeante, vio en la chica la necesidad, y rebuscando en sus cosas saco un pequeño paraguas que con naturalidad ofreció a la joven, advirtiéndole, eso si, que no se preocupara, que era para ella. Fue natural, sencillo, callado, amable… Fue, como solo puede ser la verdadera generosidad. La mujer no supo que decir, y presa del tiempo se diluyó en la lluvia no sin antes entonar un sorprendido «gracias». Él retomó su café, y volvió a mirar a la nada. Quizás alguien me diga que no fue nada, que soy un romántico, pero, en estos tiempos que corren de individualismo y tener, a veces, surge la pequeña luz de bohemia de lo común, la de todos y todas, y nadie lo vio desembarcar en la lluvia mutua. | Mikel Ibarguren Arrieta. Donostia (Gipuzkoa)
Paso muchos días peleándome conmigo mismo para llegar al final de la jornada y poder decirme, con honestidad: hoy he sido coherente. Coherente con mis principios, con mis valores, con los consejos que doy en la consulta y con las normas que intento transmitir a mis hijos. Sé que es difícil. Mucho. Pero también sé que no puedo dejar de intentarlo. Por eso escribo hoy esta carta. No para arreglar el mundo, sino para aportar, al menos, un pequeño grano de arena. Ayer mi corazón se rompió cuando Sara entró en mi consulta con la cara llena de cortes por cristales. El año pasado falleció mi padre. Hace poco, mi padrino. Antes, mi hermano y mi abuela. Y cuando veo en las noticias un accidente de tren con víctimas mortales, no puedo evitar pensar que alguien acaba de quedarse sin padre, sin hermano o sin hijo. Que Dios se ha llevado una parte esencial de su vida. Sara vino tras el doble accidente ferroviario de Adamuz. Media cara destrozada por los cristales, los ojos amoratados y ensangrentados, contusiones por todo el cuerpo… y una herida infinitamente más profunda en el corazón. La amiga con la que viajaba había fallecido. Sara está a punto de casarse, y el momento más feliz de su vida ha quedado brutalmente ensombrecido por esta tragedia. Confieso que mi corazón se rompió al ver su dolor. Su madre me preguntó si podía ayudarle a conseguir una cita con un psicólogo. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo es posible que, cuatro días después de un accidente así, no haya recibido todavía atención psicológica? ¿Cómo es posible que en este país la demora para ver a un psiquiatra sea de meses? ¿Dónde está la coherencia política? Como advertía Marcel: «Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive». ¿Es aceptable que, tras denuncias reiteradas, no se mantengan las vías del tren de forma profesional? ¿Es aceptable que, tras una DANA en la que no se tomaron las medidas preventivas adecuadas, sigan sin tomarse en otros lugares, como en Barcelona, donde ya hemos sufrido dos descarrilamientos? ¿Que no se apliquen las recomendaciones de los expertos en infraestructuras, en energía, en prevención y tengamos que resignarnos a apagones y accidentes evitables? ¿En qué país cabe que, después de una pandemia como la del COVID, gestionada de forma escandalosamente deficiente, no haya cambiado nada de fondo? ¿Cómo es posible que, tras tres huelgas médicas, las condiciones de los profesionales que nos salvaron (y siguen salvando) la vida continúen siendo tan precarias? ¿Qué cuidado real les estamos mostrando? Los expertos llevan años advirtiendo del riesgo del abandono del medio rural y de la falta de prevención, y aun así volvemos a sufrir incendios devastadores cada verano. Las tragedias siempre son duras de asumir, pero me hierve la sangre al saber que muchas muertes se podrían haber evitado. Que se pudo hacer más. Y que, si no se hizo, fue por negligencia grave de quienes nos gobiernan. Siguen apareciendo casos de corrupción, pero nadie responde por ello. Nadie asume responsabilidades. Nadie parece preocuparse de verdad por las víctimas. Nadie ha dimitido por no haber aprobado un plan de pandemias, por no invertir en médicos ni dotarlos de los medios necesarios, por no atraer talento, por no realizar las tareas de prevención y mantenimiento que recomiendan todos los expertos en cada ministerio. ¿A dónde va el dinero de nuestros impuestos? Desde luego, no llega a Sara. Ni a la madre de su amiga. Ni al médico que la atiende en diez minutos, sin un estatuto marco digno. Ni a los planes de prevención imprescindibles para evitar tragedias anunciadas. Sara se levantó y se fue de la consulta. «Nos vemos la semana que viene», le dije. Hoy tiene cita con el oftalmólogo. Cada día, desde el accidente, le extraen tres o cuatro cristales de los ojos. Rezo por Sara, por todas las víctimas y por sus familias. Y deseo, de verdad, que alguien introduzca ya un poco de cordura —y, sobre todo, de coherencia— en este magnífico país. | Enrique Jaureguizar Cerver.
¿Por qué la he elegido…? Porque solo cabe distraerse con lo accesorio hasta que la realidad golpea con lo esencial
A raíz de los últimos acontecimientos en los ferrocarriles españoles, trenes descarrilados, muros que se caen y un largo etcétera, tengan en cuenta los avisos de los maquinistas y diferente personal advirtiendo del deterioro y préstenles la debida atención. Una vez más, se han puesto de manifiesto el abandono y la desidia con la que han obrado los responsables de su gestión. Abandono extrapolable a otros campos, como en la dana de Valencia. Es hora ya de que los ministros, los consejeros, los presidentes (del Gobierno y autonómicos), oposición y políticos en general no pierdan ni hagan perder más el tiempo insultando e insultándose, y gestionen aquellas administraciones para las que se los nombró. Hagan, por favor, que los ciudadanos de este país podamos decir algún día que nos sentimos orgullosos de nuestros gobiernos, o sea, de ustedes.
Juan C. Ruiz de Villa. Las Arenas (Getxo)
Sobre la firma
Lorenzo Silva es escritor y columnista español conocido especialmente por sus novelas policíacas protagonziadas por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Ganador del Premio Nadal y del Premio Planeta
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