Hace unos cuantos años, en un museo de Calabria –uno de esos museos provinciales con olor a humedad y donde todavía no había llegado ningún ... curator con ínfulas–, vi por primera vez la lámina de Hiponio. Es una laminita de oro del siglo IV antes de Cristo, tan pequeña que cabe en la palma de la mano, tan delgada que parece que fuera a deshacerse si la mirabas mucho rato. La encontraron en la tumba de una mujer. Nadie sabe cómo se llamaba. Dentro del enrollado de oro, un texto: Instrucciones para cuando estés muerta.
Me quedé un buen rato delante de la vitrina pensando en quién habría encargado eso. Si ella misma, previendo el viaje con la misma meticulosidad con que una prepara el equipaje para un destino del que no ha leído ninguna reseña. O si alguien que la quería tanto que quiso asegurarse de que no se perdiera.
Las instrucciones decían, más o menos, esto: «Encontrarás una fuente a la derecha, junto a un ciprés blanco. No bebas de esa agua.
Más adelante encontrarás otra fuente, el lago de la Memoria. Guardianes la custodian. Diles: 'Soy hija de la Tierra y del Cielo estrellado. Tengo sed. Dadme de beber.
Y te darán de beber».
Lo que me parece extraordinario no es que alguien creyera en el más allá. Eso lo han hecho prácticamente todos los seres humanos que han existido, y quién soy yo para juzgarlos, aunque bien sabe Dios que si hay algo en lo que me cuesta creer es en el más allá. Lo extraordinario es el detalle concreto. El ciprés blanco. La fuente de la derecha. La frase exacta que hay que decir.
Alguien pensó: ella va a llegar allí desorientada. Hay que darle un mapa para que no se pierda. Hay que darle las palabras justas.
Hay algo en eso que me rompe un poco el corazón.
La lámina pertenece a una tradición órfica. Los órficos creían que el alma llevaba en sí misma la memoria de su origen divino, pero que el cuerpo –la existencia encarnada, el ruido, el deseo, la pizza con demasiado queso– la iba borrando. La muerte era, para ellos, el gran momento del examen. ¿Recordabas quién eras? ¿O te dejabas llevar por el olvido, bebías de la fuente equivocada y volvías a empezar, ignorante, una vez más?
El agua del olvido se llamaba Lete. El agua de la memoria, Mnemósine.
Pienso a veces en todas las cosas que hacemos para no olvidar. Los diarios. Las fotos. Los tatuajes. Las películas. Las cartas que no enviamos. Los nombres que repetimos en voz baja para que no se vayan. Y pienso que quizás todo eso es, en el fondo, lo mismo que esa laminita de oro: el intento de llegar a algún sitio –al futuro, al más allá, a la siguiente versión de una misma– sin haberse perdido del todo por el camino.
La mujer de Hiponio llevaba las instrucciones cosidas al cuerpo. O depositadas sobre el pecho. O enrolladas en el puño.
No sé si funcionó. Nadie lo sabe.
Pero me gusta soñar que llegó a la fuente correcta, que dijo las palabras exactas y que los guardianes –que a estas alturas habrían visto de todo– la miraron con cariño.
Soy hija de la Tierra y del Cielo estrellado.
Tengo sed.
Dadme de beber.
Hay frases que uno querría llevar encima. Por si acaso.
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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