Nos ha invitado el cocinero Alberto Chicote a cenar en su restaurante, Omeraki, donde lo encuentro trabajando en la cocina (que es 'diáfana' y nos ... permite verlo, azacaneado entre los fogones), con una entrega radiante que me cautiva; quiero decir que, aparte de los sabores de su cocina, me cautiva el amor contagioso que pone en su trabajo. Y entre plato y plato viene a nuestra mesa para contarnos lo que a continuación se propone hacer, y lo que desearía hacer en el futuro; y cuando nos habla del futuro nos trae a la mesa unos mamotretos de cocina casi arqueológicos de José Sarrau, que tiene subrayadísimos y desgualdrajados, porque son para él una inspiración constante, aunque todo lo que cuentan ya lo sepa (pero Chicote lo olvida, para volver a aprender). Me admira que un hombre que es requerido en mil sitios y que no está en la flor de la edad se muestre tan poseído por el entusiasmo.
¿Y qué es el entusiasmo? Su etimología griega nos lo enseña: es tener a Dios dentro, es estar impulsado o poseído de una fuerza divina, es estar asistido por el Espíritu. Y este impulso, posesión o asistencia nos brinda una fuerza nueva que nos hace más perspicaces, más arrojados, más creativos; menos rutinarios y pasivos. El entusiasta es alguien curioso, vigilante, expectante, constantemente renovado pero sin renunciar ni en un ápice a lo que es; de este modo, logra no estancarse en la rutina, logra evitar la repetición, logra que el oficio no lo devore. El artista, si tiene verdadero talento, desarrolla un oficio necesario para alcanzar la cúspide de su arte; y ese oficio, convenientemente animado por el entusiasmo, brinda frutos siempre renovados y sin embargo fieles a su mundo interior. Pero ese mismo oficio sin entusiasmo se acaba convirtiendo en una cárcel que lo mata: su estilo y su dominio de la técnica pueden seguir siendo virtuosos, pero algo en su trabajo empieza a parecernos mecánico, desposeído de auténtica vida. Muchos maestros acaban así sus días, escribiendo o pintando recuelos, en los que el apabullante oficio mata la llama del arte.
Al entusiasta se le reconoce porque despliega una actividad fecunda y llena de ímpetu; pero de un ímpetu que no es el ímpetu errático del gallo descabezado, sino el ímpetu sereno del águila con la vista clavada en el horizonte. Y en el verdadero entusiasta hay humildad, conciencia de que en su entusiasmo existe una causa de la que él sólo es mediador. Además, el entusiasmo es duradero; un rapto de euforia, una efusión vehemente los puede tener cualquiera, pero la fuerza interior para mantener durante toda una vida la pasión creativa es algo al alcance de muy pocos. Y, desde luego, el entusiasmo nada tiene que ver con el optimismo de los 'motivados'. Por el contrario, el entusiasta puede ser alguien melancólico, puede tener incluso sus simas y depresiones, como ocurre en los paisajes más amenos; pero esas simas y depresiones, como sus valles de melancolía, forman parte de una orogénesis interior que empuja al ascenso. El entusiasmo es una fuerza dinamizadora de nuestras facultades que nace del alma y se derrama sobre todo lo que hacemos. Y es, en fin, una forma de generosidad y abnegación que, como tiene su manantial fuera de nosotros, no degenera nunca en egotismo ni endiosamiento.
No debe confundirse el entusiasmo con la brillantez constante, ese ser 'sublimes sin interrupción' que ha malogrado tantas vocaciones. En todo oficio hay un componente anodino y machacón; y a veces, por un afán de brillantez, queremos convertir ese componente en un alarde de inspiración constante. Así se puede llegar al disparate en la brillantez; esa necesidad de ser ingeniosos a cada instante nada tiene que ver con el verdadero entusiasmo. La constante brillantez resta facultades a la larga, como siempre ocurre con los fuegos artificiales y las piruetas. Las personas 'sublimes sin interrupción' acaban devoradas por su brillantez, porque a la postre esa brillantez era su única obra; y acababan perdiendo las ganas de trabajar. En el entusiasmo hay una humildad, una modesta artesanía que nada tiene que ver con el deslumbramiento; el entusiasmo siempre es fuego interior, nunca chisporroteo ni pirotecnia.
Tampoco, por supuesto, el entusiasmo puede confundirse con el delirio o el arrebato, que puntualmente pueden ser expresiones del entusiasmo, pero que convertidas en hábito son signos distintivos del orate. El entusiasmo no es un enajenamiento irracional ni una sublimación de la neurosis; nada tiene que ver con el frenesí ni con el vitalismo exasperado, sino con un fuego interior. Ese fuego que encontré en Alberto Chicote, mientras lo veía cocinar y saboreaba los frutos de su entusiasmo.
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