Naturalmente, Bertín Osborne

roi fontoira PONTEVEDRA / LA VOZ

AROUSA

El conocido cantante melódico causó sensación en un concierto con sabor a México

17 ago 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Es lógico que sea Bertín Osborne el que encabece el cartel de las fiestas de Portonovo. En una zona donde la gastronomía es un reclamo turístico de primer orden, no está de más que toda la parafernalia festiva orbite sobre el arte del buen comer (y el buen beber). Y en estos menesteres, Norberto Osborne -nombre con el que le recibió el cosmos hace 56 años- es un hombre experimentado. Ahora mismo, tiene su cara estampada en gazpachos, caldos y aceites; dirige una bodega cuyo nombre procede de su título nobiliario (Conde del Donadío) y, por supuesto, atesora un pasado glorioso como imagen publicitaria de jamones y patés. Toda esta fiebre culinaria que impregna su alcurnia, le hace merecedor de todo el cariño que recibió anteayer en una explanada abarrotada.

Autobús hacia Bertín

Llegábamos tarde a la cita, así que aparcamos el coche a mitad de Baltar y aligeramos el paso. Entre el mosaico cacofónico de las barracas de feria ya se distinguía el chorro de voz del madrileño, que salía con fuerza de los altavoces. Una luz azul marcaba el camino hacia el mito, y su fular ya se movía al ritmo de una (de tantas) rancheras. En el escenario estaba cómodo, sonriendo y guiñando el ojo. Cuando el tema lo requería, cerraba los párpados y cantaba con sentimiento; luego esbozaba esa media sonrisa que inspira tanta confianza y, para finalizar el tema, dirigía con cercana socarronería al pianista, que no era Sam, sino un venezolano llamado Franco. Ante los vítores, aplausos y piropos pícaros, Bertín se vino arriba y comenzó a enlazar clásico tras clásico. Desde Frank Sinatra (My Way) hasta Vicente Fernández (Volver, volver). Una batería de éxitos seguros que él mismo clasificaba como música «de autobús». «Para que cantéis conmigo», añadía. Y lo consiguió, porque la gente sigue a su presentador de cabecera hasta el fin del mundo. Las señoras estaban embelesadas con las maneras campechanas del galán, del que surgía una sensual curva praxiteliana cuando posaba su mano izquierda sobre el vientre, como hacen los grandes cantantes. Muchos dudaban si centrar su atención en el Osborne de carne y hueso o, al contrario, seguir su número a través de las pantallas gigantes, que se adaptan más al hábitat donde el presentador forjó su leyenda. Además, el formato gala del evento -que incluía a una presentadora en traje de noche- eran el terreno ideal para que se soltase y mostrase todo su potencial. Las señoras, encantadas. La tele en vivo. «Y Bertín, qué guapo es, qué bien canta, y cuánto dinero tiene». Tras una hora de rancheras y ademanes de crooner cañí, el polifacético hombre del espectáculo abandonó el escenario. Las primeras filas huyeron despavoridas con el segundo pase de la Década Prodigiosa; tenían que digerir el festín de emociones que les sirvió en bandeja un Bertín inspirado. Su guionizado popurrí recuperó el tono verbenero y festivo, pero estaba claro que la estrella de la noche era: «Naturalmente, Bertín Osborne».

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