Julio Iglesias, el tango y la procreación vertical

El más grande, que se hizo planchar 36 trajes, llenó Fefiñáns en agosto del 2012 con cinco mil personas, animó a la clase política a cantar junta y regaló a su público una extraordinaria definición del sensual baile argentino

Verano de 1992. Cobi, el cadelo cubista de la Barcelona olímpica, y Curro, aquella mascota con aire lechuguino que sobrevolaba la Expo de Sevilla, dominan los noticiarios. ¿Todos? No. En una antigua villa de piedra, situada en el confín del mundo conocido, la actualidad gira en torno a un gesto solemne y muy distinto. Manuel Fraga coloca sobre los hombros de Julio Iglesias la capa del Capítulo Serenísimo do Albariño, comprometiendo de por vida al galán latino por antonomasia con la defensa del afamado vino de las Rías Baixas allá donde fuere. Desde entonces, que se sepa, Julio jamás le ha fallado al afrutado néctar atlántico, aunque lo cierto es que tardó veinte largos años en regresar a Cambados. Lo hizo en la Festa do Albariño del 2012, a lo grande, como hace este hombre las cosas. Lleno hasta la bandera en la plaza de Fefiñáns, con cinco mil entradas vendidas (37 euros de pie, 90 en asiento, precio este de Metallica en el WiZink Center de Madrid, ojo, ahí es nada) y un público retranqueiro pero rendido a sus broncíneos encantos.

Por lo visto aquella noche en el corazón de O Salnés, en Galicia había ganas de Julio. Sobre todo, a raíz de que el más grande fuese descartado de las fiestas del Apóstol en favor de Tom Jones. No le salió bien la jugada al Tigre de Gales, ya que una inoportuna carraspera forzó la suspensión de su concierto en Compostela. El embajador del Albariño, sin embargo, aguantó el tipo pese al tiempo dubitativo y lluvioso con el que amaneció aquel miércoles, 1 de agosto, y dio su recital de principio a fin, como un señor.

El hijo del doctor Iglesias se presentó en Fefiñáns en forma. Lógico, después de haber cenado con largueza en D'Berto, el templo del marisco de O Grove donde la noche anterior dio buena cuenta de unas nécoras de 350 gramos, camarones, empanada de vieiras de Cambados y un surtido de excelentes pescados, en compañía del periodista Fernando Ónega y del empresario Fernández Tapias. Ni falta hace comentar qué vinos se descorcharon en aquella mesa. Después, a dormir en el Gran Hotel de A Toxa y a velar armas, templando la voz para la actuación estelar del día siguiente. A las diez y diez de la noche, los focos se centran sobre un punto del escenario de Fefiñáns. Ahí está Julio Iglesias.

«Una noche especial»

Julio ha construido una parte de su mitología sobre una cierta concepción de Galicia y de lo gallego, que orbita en torno a clichés tan universales como anclados en las brumas del tiempo: «morriña», «saudade», «gaita» o «muiñeira». «Una noche —proclamó— tan especial en una tierra tan especial para mí». Alguien, en un momento dado, bromeó con tanta invocación de tono enxebre: «Aínda vas ser ti máis galego cá empanada». Pero la verdad es que la gente se lo pasó bien. Tanto, que en una esquina de la plaza se fumaba algo más que tabaco.

La anterior crisis, aquella de la burbuja inmobiliaria y los desmanes en los despachos, todavía golpeaba duro, y el trovador afincado en Miami tenía su propia receta que compartir con la clase dirigente a la hora de combatirla: «Los políticos de la izquierda y los de la derecha lo que tienen que hacer es cantar juntos». Entre disquisición y disquisición, Julio sostenía el micrófono con la mano izquierda, recorría el escenario con la derecha a media altura, como abrochando un perpetuo botón, y se dejaba querer por el respetable con esa elegancia un tanto truhanesca que ha sabido cultivar. En una carpa se había hecho planchar 36 trajes, de los que vistió tres a lo largo del concierto. En estas estábamos cuando, a la hora de atacar un tango, el galán acuñó una definición del sensual baile porteño con la que culminó la faena a su manera: «La asociación más natural que tiene una pareja para concebir un hijo en posición vertical».

  • El cuadro y la pamela. La empresaria Karina Falagan protagonizó una de las muchas anécdotas de aquel concierto. Viajó desde León en tren para regalarle a su ídolo un cuadro del pintor Obdulio Fuentes, que paseó entre el público tocada con una pamela característica. Al día siguiente, regresó a León, también en ferrocarril.
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