Alonso de la Torre narra en su libro su mágico viaje de 1.300 kilómetros entre Ayamonte y Caminha
11 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.Como propósito de año nuevo, José Ramón Alonso de la Torre (Cáceres, 1957) decidió comenzar una aventura extraordinaria: recorrer la Raya. Esa frontera, a veces real, casi siempre ficticia, que separa España y Portugal. No solo recorrerla, en realidad, sino también desentrañarla. Explicar qué sucede en esos 1.292 kilómetros entre Ayamonte y Caminha. Y suceden cosas extraordinarias que Alonso, con el sustancial e imprescindible aporte de su mujer Esperanza Rubio en las fotografías, va desgranando pueblo a pueblo, curva a curva en «Un viaje por la Raya» (editorial El Paseo), que va ya por su segunda edición.
«La idea fue del profesor universitario César Rina, que es quien hace un epílogo en el que cuenta rigurosamente la historia del la Raya. Yo la había recorrido, pero no entera. Comienzo el 1 de enero, porque me pareció una buena fecha y porque arranqué en El Algarve, que en esa época del año está lleno de turistas. La inicio en un ferri, que es como se entraba en Portugal hasta que se hizo el puente de la autovía, y acabo en verano, aprovechando el veraneo que hago siempre en Vilagarcía, recorriendo toda la parte gallega», apunta. Un viaje que también terminó en ferri, saliendo desde Portugal en barco. Y en todo ese recorrido, se suceden los relatos de cosas fantásticas que Alonso, que está evidentemente subyugado por la Raya, relata, tanto en el libro, como en la charla, de una manera emocionante. Habla, por ejemplo, de Hermisende, «un pueblo portugués que decide quedarse en España por narices y que ahí sigue».
La frontera entre España y Portugal se puede cruzar de mil maneras, y todas ellas las cuenta Alonso de la Torre. «Se puede cruzar en ferri, en tirolina; se puede cruzar entre Zarza La Mayor y Salvaterra do Estremo por un azud, que es muy peligroso porque si viene con agua el río Erjas te puede llevar el coche y, de hecho, hace tres años, tres personas murieron porque se las llevó el agua. Se puede pasar por encima de una presa que hay en Cedillo, y que solo abre de diez de la mañana del sábado a diez de la noche del domingo. Si llegas a las diez y un minuto tienes que dar una vuelta de 150 kilómetros. Se puede cruzar por puentes romanos, por puentes diseñados por Eiffel, por el puente más pequeño del mundo, que está en La Codosera (Badajoz) y que antes era una plataforma de hierro que quitaban y ponían los contrabandistas y ahora lo han arreglado y los han hecho de madera, también en barcas-taxi...».
Y, una vez cruzas, surgen las historias. Cuenta Alonso de la Torre, por ejemplo, el origen de la leyenda de María la Portuguesa, que inspiró la copla de Carlos Cano: «En enero de 1985, el ayamontino Juan Flores, de 35 años, murió por efecto de dos disparos del guardinha portugués Nunes. Juan pescaba de manera ilegal en la desembocadura del Guadiana, frente a Castro Marim. María, la hipotética amante portuguesa del pescador, una mujer de unos 45 años, no se quiso separar de él en ningún momento. El cuerpo de Juan fue trasladado a Castro Marim, donde embarcó en el ferri para cruzar el río hasta su pueblo, Ayamonte. A María se le prohibió acompañarlo en el barco pero, no se sabe cómo, al desembarcar el cadáver del marinero en Ayamonte, ella ya estaba esperando en el muelle a su amado muerto y lo veló toda la noche, aunque nunca más se supo de esta enigmática mujer tras el entierro». Y cuenta también Alonso en el libro la historia de Antonio Augusto Seixas, el Schindler portugués, que salvó a más de mil personas que huían de la represión ejercida por las tropas nacionales.
«Para Portugal, somos el enemigo histórico», explica Alonso, que subraya que toda la frontera está marcada por los fortalezas. «Hay siete u ocho ciudades cuya historia está marcada por la explosión de un polvorín, en una especie de maldición. Tienen diversas vírgenes o santos que se aparecen para liderar al ejército portugués en la lucha contra los españoles. E igual que nosotros tenemos a Agustina de Aragón contra los franceses ellos tienen en Ougela a Isabel Pereira y en Monçao a Deu-la-Deu, que lideran al ejército portugués contra los españoles», dice.
«Mi madre es de Ceclavín, el pueblo donde más contrabandistas hubo en el siglo XVIII, y ella me contaba unas leyendas (el último contrabandista muerto, que lo había matado un carabinero que estaba celoso porque le gustaba la novia, los burros apaleados por contrabandistas disfrazados de Guardia Civil para que cuando los vieran salieran corriendo, o el contrabandista que llevaba una bicicleta y creían que hacia contrabando de arena, cuando lo hacía de bicicletas) que se repiten a lo largo de toda la frontera y crean una espacio mágico», explica. Un espacio mágico y difuso, porque hay lugares que no está muy claro a qué país pertenecen. «En Las Casas de la Duda, la gente podía empadronarse en España o en Portugal dependiendo de la habitación en la que dijeran que habían nacido. En los 60, cuando para poder emigrar desde Portugal tenían que haber hecho la mili en Angola, se empadronaban en España para poder ir directamente a Europa», relata Alonso en el libro.
Y, claro, se habla también de comida. De nuevo, con apuntes insólitos que salen de la pluma de Alonso. «Donde más y mejor marisco se come es en la frontera con Badajoz. ¿Cómo es posible? Pues porque allí empezó un señor a traer camiones de marisco a un restaurante que se llama El Cristo y luego siguieron otros restaurantes de la zona. Y la gente va de Badajoz a Elvas a comer marisco. Tienen lo que quieras. Es otra de las tradiciones surrealistas. De hecho, un señor que cantaba fados montó en Montalvao, que es un pueblo al que solo se puede cruzar los fines de semana, O rei do camarao», afirma. «La Raya es un lugar inagotable, que da muchísimo juego y con personajes muy divertidos», concluye Alonso que, como subraya en la cubierta del libro el director de La Voz de Galicia, Xosé Luis Vilela, es «el mejor embajador de la raia... y quien mejor la conoce es quien mejor nos la hace sentir».