Aquella galopada rociera por la alcaldía de Ribadumia

De Nené Barral se han dicho y escrito muchas cosas


De Nené Barral se han dicho y escrito muchas cosas, más allá de los negocios humeantes y de los movimientos de cuartos que cambian de color y precipitaron su dimisión en el 2001. A todo esto, acusado de unos cargos por los que, 18 años después, todavía no ha sido juzgado. Pero esa es otra historia y tendrá que ser contada en otra parte. Lo que a nosotros nos interesa es la dimensión electoral de un personaje que nunca fue batido en las urnas mientras lideró el PP de Ribadumia. Y como independiente, solo tras una muy controvertida resolución de la junta electoral, que en el 2003 anuló un puñado de papeletas, hizo alcaldesa a Salomé Peña por un margen de apenas tres votos y salvó la carrera de Rafael Louzán, proyectado a continuación hacia las más altas cumbres de la Diputación de Pontevedra.

A Nené la gente lo quería. Arremolinado el personal a las puertas del Concello, aquel 21 de mayo del 2001 pudieron escucharse en Ribadumia arengas del tipo «Nené, preséntate anque seña polos comunistas» y razones tan convincentes como la constatación de que «o que fuma ghoberna a vida». No es extraño, por ello, que, en cuanto tomó la decisión de concurrir de nuevo a unos comicios, el hombre buscase la mejor fórmula para plasmar ese respaldo popular en un acto incontestable. La halló en la forma de una galopada hacia la alcaldía, literal y repleta de participantes, que a caballo o en carroza secundaron la llamada del regidor que te regalaba un palé de ladrillos si construías tu casa en su municipio. A bordo de una calesa, Nené brindó una última contribución a la mitología arousana: el rocío electoral. Arsa pilili.

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