Te quedaste dormido con la imagen shakesperiana del cuerpo sin vida de la dulce y bella Ofelia en el estanque rodeada de nenúfares. Después, soñabas con laderas de colinas arrasadas. Riachuelos escuálidos, desnutridos y sin aliento. Esqueletos de árboles esmirriados calcinados. Sentiste el trote de caballos negros confundidos con la oscuridad de la noche. Reses nerviosas mugiendo, vagando despavoridas de un lado para el otro, bajo enormes lenguas de fuego y entre nubes de humo. El sudor y el polvo. Y también el temblor y los gemidos de la tierra.
Y fue en ese instante cuando desde muy lejos vino hasta ti el eco de una voz fantasmal. Escucha. Despierta. Levanta. Te urgió antes de seguir. Mira. Ahí afuera está lloviendo. ¿No oyes el tamborileo de la lluvia batiendo en el metal del balcón? Ahora, ya estás delante de la ventana. Después de tanto tiempo, te sorprende el rumor de la lluvia cuando se desploma sobre el asfalto de la calle solitaria y sobre las hojas de los árboles, que caen sobre la hierba como pájaros abatidos por rayos invisibles. Y experimentas en tu interior el clamoroso fluir de toda la noche, y el sencillo placer de ver cómo cae copiosamente la lluvia.
Cuando regresas a la cama, te acuerdas del título de un libro de Berger: Y nuestros rostros, vida mía, breves como fotos. Te vuelves a dormir confirmando que, al cabo de tanto tiempo sin hacerlo, cuando comienza a llover, todo se llena de luces, de brillos, espejos, y del olor verde de los retoños. Estuviste un tiempo oyendo como corría el agua, el siseo de la lluvia como si fuese un murmullo de grillos en una ardiente noche de verano. Según se acercaba el alba se fueron apagando tus recuerdos. Cuando asomó la primera luz abriste los ojos. Por la ventana, un cielo sin estrellas, plomizo, gris, triste.
Más tarde escuchaste gruesas gotas de lluvia golpeando sobre los tejados, los árboles y el asfalto gastado: sonaban tan huecas como más tarde los discursos oficiales de unas élites que no te parecen mortales, que ni siquiera parecen vivir en esta bendita tierra nuestra. Entonces evocaste a Fernando Pessoa cuando contemplaba en su amada Lisboa toda su vida fracasada en cada gota de lluvia que rodaba por la ventana. Pero, amor mío, guardemos nuestras lágrimas para la lírica del agua que se estremece en el cuenco que llevamos a nuestras bocas para calmar la sed. Los que invocan la prosa sin pulpa ni hueso, esos no se las merecen.