L a palabra misma rebosa obscenidad y repugnancia. Nunca Cristo se manifestó con mayor dureza que cuando tuvo que hablar del daño a los niños: «Cualquiera que escandalizase a uno de estos pequeños, mejor le fuera que se atara una piedra de molino al cuello y se le echara al mar». Pero, al parecer, algunos no quieren ver la diferencia entre leyes humanas y divinas.
No creo que exista organización en el mundo con la inteligencia, capacidad de maniobra y anticipación a las circunstancias adversas que la iglesia. Así, nada más barruntarse la inevitable llegada de la democracia a España, la curia se preocupó por el futuro del Concordato con la Santa Sede de 1953. Y, en 1976 y 1979, consiguió que los gobiernos de entonces aceptaran acuerdos y modificaciones que maquillasen el concordato pero dejasen tal cual la cuestión sobre Asuntos jurídicos y económicos (Artículo 1, punto 6), manteniendo la defensa y soberanía de sus archivos. Esto es; la Iglesia española se gobierna por sí misma, tiene sus propias leyes y guarda sus trapos sucios.
Lo anteriormente apuntado, no se aparta de cualquiera de las relaciones internacionales que los demás países, al igual que el Vaticano, mantienen con España. Pero… existe una diferencia muy a tener en cuenta: los españoles pagamos los sueldos de obispos y curas con diferentes ayudas y sobre todo con la recaudación de la casilla del IRPF que, en el 2021, superó la cifra de 300 millones de euros. Mientras, en cualquier delegación de país extranjero, los gastos de representación diplomática y funcionarial, corren por su cuenta. Por ello, no se comprende que la mayoría de las diócesis no se presten a colaborar con la justicia en los casos de pederastia, basándose en el famoso Concordato y sus acuerdos posteriores, cuando realmente deberían rendir cuentas ante quienes les paga.
Lamentablemente, cuesta creer que la gran sapiencia terrenal demostrada por la Iglesia en todos los siglos de su existencia, no se dé cuenta de la merma de credibilidad que está sufriendo, en detrimento del buen hacer de la inmensa mayoría de sus clérigos. Por ello, no se entiende la postura de las diócesis que, contraviniendo la doctrina del Papa Francisco, prefieren tapar las culpas de esos pocos que escandalizan a los pequeños, limitándose a alejarlos de las pesadas piedras de los molinos que, en forma de justicia humana, deberían colgar de sus cuellos, mientras, triste e inmoralmente, los responsables diocesanos los mandan a pacer a otros prados en donde, desgraciadamente, volverán a encontrar inocentes a quienes corromper. La justicia con los pederastas, debe ser más del César que de Dios.