Dulce tarde de otoño

Gonzalo Trasbach
Gonzalo Trasbach (IN) SOMNIUM

LAXE

MARTINA MISER

31 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Bajo la dulce luz de un sol otoñal, una manada de caballos pasta plácidamente en las cercanías de A Seara. En una lengua de pradera, un poco más lejos, un rebaño de ovejas y cabras contempla calmosamente la loma de enfrente de la montaña, vigilado por dos perros de gran tamaño. La tarde era fantástica e invitaba a disfrutarla. Hacía mucho tiempo que no cruzaba la aldea de Balteiro, y tal vez incluso más que no visitaba la de Sabuceda.

Encontró muy cambiado el contorno de la única casa habitada de esta última, la de la familia de Antonio: el pinar había sido talado, mientras que había sido recortada parte de la carballeira que caía desde la ladera hasta la eira, allí donde antaño montaba con sus amigos las tiendas para dormir el primer fin de semana del mes de agosto. Esto sucedió al menos durante una década. Ahora todo parecía un poco desfigurado, trastocado, como más abandonado. En el huerto, Lorena, la hija de Antonio, colgaba la ropa lavada en el tendedero.

Cuando puso en marcha el coche, en una cuneta divisó cinco lepiotas recién nacidas. Bajó y las observó de cerca. Las dejó para que crecieran, para que tomaran la forma de una sombrilla. Volvió dos días después, pero las preciadas y hermosas setas ya no estaban en el sitio. Regresó para casa con las manos vacías, aunque antes se paró en el mirador de A Figueira. Brillaba el mar de Arousa allá en el fondo, bajo la luz blanca que se desparramaba sobre el cristal gris del agua.

Fue después de una breve pausa cuando murmuró en voz baja: «Vinimos al mundo en un rincón de esta ría amplia, abierta, luminosa. Cuando nací, mi madre ya tenía los pechos caídos. Para entonces sus tetas habían alimentado a otros seis cachorros: dos lobos y cuatro lobitas. Madre me trajo al mundo sin pronunciar una sola queja. Sola y en silencio, ella misma se cortó el cordón umbilical». Y tras una corta pausa, recordó que todo eso lo había hecho una mujer que sufría constantes ataques de asma, que la ahogaban. Y entonces le vino a la memoria el nombre del doctor Cotón, aquel hombre que un día le recetó una pastillita que resultó milagrosa: alivió su dolor y disminuyó el número de ataques. No dejó de tomarla hasta el último de sus días.

Después pasó un largo tiempo sentado contemplando las aldeas desperdigadas por la cuenca por donde serpenteaba el río. Y de nuevo volvió a musitar lentamente: «Escucho las melodías de los pájaros de la infancia cada vez que recuerdo a mis hermanos muertos. A la vez oigo los ouveos de los perros atravesando la noche de la aldea. Duraban sus tristes aullidos hasta la primera luz del alba, a esa hora en que las aves se despiertan para saludar al nuevo día que viene. Era entonces cuando tomaba el relevo el canto de los gallos, que sonaba un poco antes de los graznidos de los cuervos entre los pinos. Un poco más tarde, el mirlo soltaba su silbido nervioso a veces y harmonioso otras desde la rama de una pereira en la huerta».

Entonces recordó que se aproximaba en el calendario el Día de todos los Difuntos. Fue así cómo comprendió por qué había rememorado la fecha de su nacimiento y a su madre. Y, de súbito, pensó que no es nada fácil hablar con los muertos. «Pero si mi tío decía que lo había hecho, entonces también podré conseguirlo», concluyó. Y, de hecho, sabía que ya lo había conseguido, pero lo había logrado en sueños. Y como decía Cunqueiro, «o home morre cando deixa de soñar». Así pues, seguía vivo, porque él no había dejado de soñar. Soñaba que se reunía con todos los muertos de su casa, y que hablaban y discutían alrededor de la vieja lareira, junto con el abuelo Benigno, cuya poblada barba blanca brillaba iluminada por la débil luz de la leña que ardía sobre la laxe de granito.