La reglamentación horaria de un país (en España, resultado de normas nacionales y europeas) afecta a todos sus ciudadanos. Es por lo tanto normal que existan estudios científicos que intenten orientar la mejor política posible y que los responsables políticos los invoquen con frecuencia. Uno de los más famosos de los últimos tiempos fue realizado por científicos de la Universidad de Stanford: demandó el fin del cambio de hora en base a supuestos efectos sobre la salud.
Pero resulta que, con un compañero de la Universidad de Sevilla, acabamos de demostrar que ese complejo estudio se ha construido sobre una base metodológica errónea. Un gigante con los pies de barro que se desmorona y, en consecuencia, se invalidan sus conclusiones. El cambio de hora no queda, por tanto, científicamente descartado. Sigue siendo una herramienta útil para los países situados fuera de la zona tropical, donde la duración del día varía de forma apreciable a lo largo del año y donde ajustar los relojes ayuda a acompasar la actividad humana con el ciclo natural de la luz solar.
No es la primera vez que detectamos errores conceptuales en este ámbito. En algunos trabajos parece existir un sesgo previo contra el cambio estacional de hora, incompatible con la neutralidad exigible a cualquier investigación científica. Es como usar un metro más corto para intentar convencernos de que una montaña es más alta de lo que realmente es. La ciencia solo cumple su función social cuando se construye sobre cimientos sólidos y neutrales.