En busca del visón fugado

A CORUÑA

CÉSAR QUIAN

Un hombre mata un mustélido de los escapados de la granja de Zeltifur en el monte Xalo de un certero bastonazo, «porque tenía tanta hambre que quería comerse a mi gato»

12 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Carral vive bajo el síndrome del visón fugado. En el municipio menos poblado del área metropolitana coruñesa se han instalado unos vecinos muy molestos y peligrosos para el resto de la población, animal o humana, de la zona. Son los alrededor de mil visones que siguen en libertad tras la apertura de sus jaulas en una granja del venteado monte Xalo durante la pasada Semana Santa. Los mustélidos, una raza peligrosa, que no cuenta con enemigos importantes en el ecosistema del Xalo que puedan poner fin a sus tropelías, vivieron su segunda jornada en libertad buscando las zonas más húmedas del municipio. Los primeros llegaron en la mañana de ayer a la orilla del río Barcia. Otros no pudieron sobreponerse al calor y a la falta de agua y se murieron por el camino. A los que sobrevivieron los buscarán hoy las cuadrillas municipales y de Medio Ambiente por las inmediaciones del río. Los ochocientos mustélidos que faltan son, además, un peligro en sí mismos. Todos son hembras, embarazadas, con una media de cinco crías por parto. «Algunas abortarán por el estrés, pero una jauría de estos animales, con lo voraces que son, constituye una amenaza para el ecosistema de la zona». Quien confiesa tal preocupación es Jesús Raso, el concejal de Medio Ambiente de Carral. Su jefe, el alcalde, José Luis Fernández Mouriño, le ha acompañado en los últimos tres días de caza y captura de visones. Aún no se le ha pasado la sorpresa de la primera jornada. Entonces, un vecino se le presentó por la tarde en el punto de coordinación de las cuadrillas. Traía un visón en la mano y pocas ganas de hablar. «Aquí va un bicho. Lo encontré en el bajo de mi casa y tuve que matarlo de un bastonazo. Tenía hambre y quería comerse a mi gato», dijo antes de tirar el ejemplar fallecido en el montón en el que se apilaban otro medio millar de ellos. Menos tranquilo está Roberto, propietario de una granja de ovejas contigua a la granja. «¿Y si se comen mis ovejas?», pregunta.