HERCULÍNEAS | O |
25 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.AL SUBIR de noche por la calle San Nicolás hacia Panaderas hay una boca de alcantarilla en la que se escucha la digestión del agua turbia que se traga la ciudad para escupirla luego al mar. Es el envés de A Coruña, el camino inverso de la rayuela, que, en vez de ir de la tierra al cielo, viaja del paraíso a los infiernos. Cuando se levanta la tapa de la realidad aparece Orson Welles perseguido por Joseph Cotten, como si las cloacas de El tercer hombre fuesen las de A Coruña y no las cloacas modernistas y finolis de Viena, que tiene un submundo que parece diseñado por Gustav Klimt. Al mirar por la ranura de la alcantarilla de San Nicolás puede uno toparse desde la meada perfumada de colonia de los pisos de lujo hasta las sombras chinescas de las ratas, que no son precisamente las ratas literarias del río de Delibes, sino diablos urbanos travestidos de roedores. Pero lo que no navega por nuestros subterráneos es el metro, ese gusano eléctrico, ese pez abisal que horada el humus de Madrid y Barcelona. No, bajo la corteza de una calle cualquiera lo que se agazapa es el Atlántico excavando la panza de A Coruña, los mil túneles de su laberinto de garajes y, también, el oleoducto, porque la ciudad tiene venas de petróleo. Bajo la piel de A Coruña laten los infiernos de su lluvia, su orina y su sangre de hidrocarburo. luis.pousa@lavoz.es