HERCULÍNEAS | O |
16 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.SÁBADO, 13 de agosto. Tres de una calurosa tarde en medio de casi ninguna parte. Kilómetro 570 y pico de la N-634, un camino casi xacobeo que enlaza Santiago y Oviedo. Restaurante Sabino. José, un cocinero de los que no pierde la sonrisa ni a cien grados a la sombra, atizaba la brasa de uno de los churrascos más ricos de la tierra. El salón del negocio, lleno hasta los topes, asiste mudo a la entrada de una pareja y sus dos hijos que de inmediato se hacen notar con su estridencia. Como la amabilidad es norma de la casa, se sientan en una buena mesa y oyen como María y Puri les cantan la carta. Eligen. Gambas de primero y un chorizo criollo para los niños. Churrasco para todos. Devoran el primer plato con hambre. La brasa hace la carne a su ritmo. Pero a la clienta le parece demasiado lento. Se levanta de la silla dispuesta a exponer a voz en grito sus argumentos. «Esto es una vergüenza, ya se me ha pasado el hambre. En Euskadi por menos ya me habría ido», le espetó al paciente cocinero. José, como hubiera hecho su padre. Ni se inmutó. Siguió atizando la brasa y contestó un muy lacónico «pues muchas gracias y adiós» que la clienta aceptó con un mosqueo evidente. ¿Nos interesa ese turismo? francisco.espineira@lavoz.es