Los «topos» de la seguridad

A CORUÑA

03 dic 2007 . Actualizado a las 11:06 h.

La ciudad tiene su sótano, mortífero para los claustrofóbicos o tiquismiquis, una mina para los malvados. Gracias que hay unos hombres que se llenan de porquería hasta las orejas con tal de mantener limpio de cacos esos kilómetros de grutas que hay bajo nuestros pies. Son los seis miembros de la Unidad de Subsuelo y Protección Ambiental que tienen su sede en el cuartel de Lonzas. Cuando descienden ahí abajo lo cachean todo. Proteger las visitas de autoridades autonómicas, nacionales o extranjeras o de la Familia Real, velar por la seguridad de edificios singulares y establecer dispositivos especiales de vigilancia son sus principios. Un mono blanco, una bombona de oxígeno, unas botas de agua altas, casco blanco, una linterna, una pistola y un detector de gases forman el equipo de estos especialistas. Así de pertrechados bajan al subsuelo coruñés, gallego y allí a donde los manden, que los mandan mucho y lejos. Estos hombres lo mismo revisan las alcantarillas de Madrid con motivo de una cumbre internacional, como las de Sevilla por un mundial de natación. Sus compañeros les llaman topos. «Hay que valer. No todo el mundo puede caminar en lugares oscuros, de mal olor y tan sellados», admite el jefe del grupo. Oxígeno Los agentes, cuando les da el sol, se mueven en furgón. Y cuando lo aparcan, abren una alcantarilla y se cuelan en ese mundo como el que saca al perro a pasear. Se introducen en la oscuridad, donde baja la temperatura, el oxígeno y el ruido. «Orientarse aquí abajo es muy difícil. No hay ninguna referencia y todos los túneles, después de horas, pueden parecer iguales», explica uno de los agentes. Tan solo en los colectores de Madrid hay placas en las paredes que informan de la calle que hay en la superficie. En A Coruña no. Si no saben donde están, o sacan la cabeza por una alcantarilla o están aviados. Pero no se pierden. Tienen tan mamados los conductos que podrían ir del puente de A Pasaxe a Puerta Real igual de tranquilos que por la avenida del Ejército. Los agentes siempre caminan despacio y sus recorridos no suelen durar más de dos horas. No son las ratas sus enemigos, que las hay grandes como conejos, sino el metano que se produce por la descomposición de la materia orgánica. Por eso no se separan de un medidor. «Cuando empieza a pitar, hay que salir muy rápido porque ese gas no se huele y puedes morir en minutos», cuentan. Muchas veces tienen que ir casi de rodillas en colectores que no miden más de medio metro de ancho y un metro de alto. Otros, en cambio, tienen hasta pequeñas aceras.