La mujer que desafió a las FARC

Agencias

A CORUÑA

Betancourt vuelve de un cautiverio de seis años, en el que no perdió el carácter firme y la vehemencia de su personalidad

03 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Ingrid Betancourt, una política de carácter recio, vivió un cautiverio de seis años que la convirtieron en un símbolo imborrable para su propio país, Colombia, pero también para todo el mundo.

La ex congresista Consuelo González, liberada el pasado enero, recordó que a Íngrid se le «notaba muy flaca, flaquísima, y con problemas de salud, pero mentalmente estaba firme». Destacó que, aún cautiva, «debatía mucho, con la vehemencia que la caracteriza». Esa vehemencia la llevó a mediados de los años noventa a ser la congresista más votada del partido Liberal, del cual abjuró tras denunciar la influencia del narcotráfico y fundar el partido verde Oxígeno, con el cual se presentaba como candidata presidencial cuando fue secuestrada.

Hija del ex ministro de educación Gabriel Betancourt, que murió meses después del rapto, y de Yolanda Pulecio, una ex reina de belleza que se dedicó a la política poniendo empeño en causas filantrópicas, Betancourt amaba el debate.

Estudió en el Liceo Francés de Bogotá, donde sus ex compañeros la recuerdan como brillante, ambiciosa, estudiosa, con un gran poder de convencimiento e ideas de izquierda. Luego viajó a París para estudiar ciencias políticas y fue alumna del ex ministro francés Dominique Villepin. Obtuvo la nacionalidad francesa por su matrimonio con el diplomático Fabrice Deloye, con quien antes de separarse tuvo dos hijos, Melanie y Lorenzo, que pasaron su adolescencia marcada por el secuestro de su madre.

Betancourt regresó a Colombia a comienzos de los años noventa y tras un breve paso por la burocracia se dedicó a la política, ámbito donde conoció a su segundo esposo, el publicista Juan Carlos Lecompte.

Otra ex rehén de los insurgentes colombianos, Clara Rojas, que recuperó la libertad junto a González, admitió que pese a su estrecha amistad con Betancourt surgieron desavenencias entre ambas durante el cautiverio, luego de sus al menos cinco intentos de fuga frustrados. Rojas, que tuvo un hijo con uno de sus captores, acompañaba a Betancourt en el momento en que se produjo el secuestro, en febrero del 2002, cerca de San Vicente del Caguán (sureste).

Las circunstancias del secuestran revelan mucho de la personalidad de la colombofrancesa, a quien las autoridades le habían advertido sobre el riesgo de viajar a esa zona, donde operaban las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Pero Betancourt viajó igual, convencida de que sus posiciones progresistas eran su mejor escudo de protección frente a los rebeldes, según reveló Rojas, que agregó que en un primer momento ambas pensaron que el secuestro sería pasajero. Sin embargo, duró seis años que se le debieron antojar una eternidad.

Sus más recientes vídeos y fotos la mostraban abatida, demacrada y silenciosa, en medio de inhumanas condiciones de cautiverio, que incluyeron el mantenerla encadenada durante algunos períodos.

Pero si esas imágenes eran realmente dramáticas, no lo eran menos sus palabras en una extensa carta dirigida a su familia que fue divulgada de forma simultánea y en la cual Íngrid Betancourt sentencia: «Aquí vivimos muertos».