Alvedro. 6.00 a.m. Algo de niebla, menos de diez grados. Bus sospechoso en el acceso al aeropuerto con rótulo luminoso: «Iberia». Preocupación. Entrada terminal y mirada al párking de aviones: solo hay uno, faltan dos. Angustia.
En el mostrador de facturación, nueva moda de luchar contra la crisis: 3 kilos de más en el equipaje y si no compraste por internet un bono de exceso de kilos, cincuenta euros del ala. Comienzan los mosqueos, a pesar de que confirmas que tu vuelo está en hora. Alegría desbordante.
En la pantalla aparece el vuelo con indicativo IB0511, aunque en tu tarjeta de embarque figura IB0531. Primera señal de peligro que suena a overbooking. Sin embargo, un mensaje por megafonía alerta a los que tengan el indicativo del primero para que bajen al mostrador a cambiar la tarjeta. Luego en el avión te tomas un café y en la nota figura el vuelo acabado en 11 y al recoger equipajes en la pantalla el vuelo que te ha llevado a Madrid acaba en 31.
Habla el comandante
7.00 a.m. En el avión, cierran las puertas y al cabo de diez minutos se vuelven a abrir. Mensaje del comandante: «Un teléfono móvil que alguien no ha apagado ha averiado nuestro sistema hidráulico». Vamos, como si estornudas y provocas un tsunami. Tienen que venir los técnicos y, al menos, tardarán veinte minutos en recomponer el fallo. Resignación.
A las 7.40 a.m. (con media hora de retraso), despegamos. La duración prevista del vuelo era de una hora, pero a los 45 minutos en el aire, llega otro mensaje de cabina: «La congestión de tráfico aéreo en Barajas nos obliga a dar vueltas durante veinte minutos».
Finalmente, a las 8.55 desembarcamos en Madrid, un vuelo para la T-4 que acaba en la T-4 satélite. Sorpresa. Los otros dos aviones previstos, otro Iberia de las 6.30 y un JKK de Spanair no volaron y el nuestro llegó con el retraso suficiente como para que las rotaciones del aparato (EC-FGH) previstas para la jornada no puedan hacerse y más de 150 personas se queden tiradas en algún aeropuerto español o europeo. ¿Huelga encubierta? Tan descarada es que hasta los paparazi andan despistados. Se perdieron un paseo por Barajas del famoso Cayetano Martínez de Irujo.