La historia está trufada de frases, reales o apócrifas, atribuidas a personajes que han ido pasando por nuestras vidas y las de nuestros antepasados. Unas reflejan agudeza, otras sagacidad; las hay mordaces o simpáticas, profundas y simples. Unas son afortunadas y otras son fútiles como globos de helio que, sin embargo, pasan por las sentencias más inteligentes. Quizás porque en el momento no se dijo (o nadie supo escuchar) nada de mayor más calado.
Desde el «Puedo prometer y prometo» de Adolfo Suárez hasta la desaceleración acelerada de la economía de Rodríguez Zapatero han sido muchas las frases que han quedado para el acervo colectivo, aunque algunas hayan perdido su sentido original de tanto usarlas. De Felipe González se recuerda aquella de «Por los votos, no por las botas», y por supuesto no se refería al calzado de los futbolistas. Y de Alfonso Guerra la de «El que se mueva no sale en la foto», por más que parezca que algunos no paran quietos con tal de ser retratados. De Aznar recordaremos siempre el «Váyase, señor González», aunque, quizás a su pesar, en la memoria colectiva golpee más que una frase el acento tejano de «Estamos trabajando en ello».
La que no parece que tenga méritos para resistir el paso del tiempo es una que, contra pronóstico, estos días se repite como un eco que se retroalimenta, como si encerrase toda la sabiduría del sanedrín de Ferraz. «Las primarias son para el verano», dijo el líder de los socialistas leoneses. Y la verdad, ni es brillante ni es ocurrente. Recuerda a aquello que un cáustico crítico de televisión dijo de algún pedante hortera del Gran Hermano: recitan la lista de compra como si fuese el juicio final.