L os célebres y hermosos versos de Machado (Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón) podrían hoy reescribirse de un modo ciertamente más ramplón, pero no menos verdadero: bastaría para ello con sustituir las dos Españas machadianas por ese universo de empresas abusonas que, ante nuestra completa indefensión, nos tratan como si fuéramos basura. Y es que superado ya, afortunadamente, al menos por la inmensa mayoría del país, aquel cainismo político de nuestras desesperaciones, el corazón se nos queda helado cada día, ¡y son muchos!, que tenemos que hacer frente a atropellos ante los que no cabe más que protestar a un contestador automático o dirigirse, perdiendo tiempo y dinero, a una asociación de consumidores con la esperanza, no siempre probable, de que sirva para algo.
La última noticia de ese universo de abusos inadmisibles que nos rodea al igual que la arena circunda las palmeras de un desierto la ha aportado la compañía de vuelos Ryanair que, incumpliendo de un modo flagrante la normativa de nuestra Agencia Estatal de Seguridad Aérea, ha decidido que las mujeres embarazadas de más de 28 semanas que no aporten un informe médico ¡en inglés! certificando que pueden volar y cuál es la fecha prevista para el parto no podrán subirse a sus aviones. El abuso es manifiesto, pues la normativa vigente solo exige tal certificado -que, ¡faltaría más!, no ha estar escrito en inglés- a partir de las 32 semanas de gestación. Pero a Ryanair eso le dará igual... a menos que alguien la obligue a hacer lo mismo que deben hacer sus usuarios: cumplir las leyes.
Las compañías aéreas se llevan, sin duda, la palma en ese terreno de las vejaciones y arbitrariedades: hace días, una de las que pasan por ser serias dejó tirados toda una noche en el aeropuerto de Barajas a unos amigos con sus hijas, una de ellas pequeñita, tras marearlos durante horas para no tener que alojar al pasaje en un hotel. Pero otras muchas empresas han convertido el abuso en un sistema de negocio, a medida que han crecido y despersonalizado la relación con sus clientes.
¿Cabe en cabeza humana que un profesor universitario capaz de leer en siete lenguas con soltura y autor de una docena de libros no entienda ni patata cuando debe descifrar (esa es la palabra exacta) sus incomprensibles recibos de electricidad, teléfono, agua o gas? ¿Es posible que las compañías eléctricas puedan cobrar por adelantado consumos estimados y que siempre que se equivocan al hacerlo sea en perjuicio de sus usuarios? ¿Cómo aceptar que una persona que se da de alta en una compañía de telefonía móvil deba luego, si desea causar baja, pasar un calvario similar al que tendría que sufrir si pretendiese cruzar la selva amazónica con zapatos de tacón? ¿Nadie pondrá coto al hecho de que las empresas que venden productos eléctricos y electrónicos los acompañen de folletos de instrucciones escritos es una jerga que solo se parece remotamente al castellano?
¿Todas las empresas son así? En absoluto. Por eso, sobre las que abusan debiera caer todo el peso de ley, para garantizar nuestros derechos y no que quienes ganan dinero atropellándolos puedan seguir haciéndolo tan panchos.