La ciudad enmudeció a mediodía en recuerdo de las víctimas
27 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Sonaron las doce y en María Pita solo se escuchó la voz del alcalde. Carlos Negreira pidió a las doscientas personas que se habían congregado en la plaza cinco minutos de silencio en recuerdo a las víctimas del accidente de tren de Santiago, como una «muestra de solidaridad y deseo de pronta recuperación a los heridos».
Escoltado por todos los miembros de su equipo de gobierno y representantes de todos los grupos de la corporación municipal, el alcalde expresó la «gratitud» a todas las personas que colaboraron en las tareas de rescate y en la atención a las víctimas. Y a continuación se hizo un silencio solo roto por el largo aplauso de los asistentes, entre los que se encontraban el expresidente de la Xunta Fernando González Laxe, el senador Javier Losada, junto a trabajadores municipales, empresarios y sindicalistas. Una escena de duelo que se repitió a lo largo de la mañana en otros edificios institucionales, como la Delegación del Gobierno y la Autoridad Portuaria.
Velatorios
Lágrimas y semblantes idos, ausentes. Esa fue la tónica que se sucedió durante el día de ayer en los tanatorios coruñeses en los que reposan las víctimas fallecidas. Un dolor que el Ayuntamiento trató de mitigar enviando a un equipo de 12 psicólogos a los centros funerarios. En Pompas Fúnebres la familia de Elena Ausina Arrojo acompañaba su cuerpo. Esta agente de la Guardia Civil que en septiembre cumpliría 33 años y que llevaba seis de servicio se encontraba destinada en un pequeño cuartel de la localidad de Yunquera de Henares, en Guadalajara. Precisamente desde allí tomó ese tren con destino A Coruña que nunca llegaría. En el mismo tanatorio se encontraba el cuerpo de Laura Naveiras Ferreiro, cuyos allegados se agolpaban a las puertas de la sala.
Casi tantos abrazos como lágrimas tuvieron lugar entre ellos, producto de una muerte tan prematura como inesperada. Y es que la joven, de tan solo 21 años, estudiaba tercero de Medicina en la Universidad de Lérida con su novio, David Martín, de la misma edad y también fallecido en el fatal siniestro. Servisa fue otro testigo del horror. Allí se encontraba Jacobo Romero Rivera, un informático de 30 años que por parte de madre pertenecía al árbol genealógico de Hijos de Rivera y que era sobrino de José María Arias, vicepresidente del Banco Popular. Ayer mismo se celebraron sus exequias, que concluyeron con la incineración.
En los pasillos se escuchaban comentarios sobre la tragedia. «Solo espero que esto sirva para que no vuelva a pasar», decía apesadumbrado un visitante. Tras horas de incertidumbre imperaba el deseo de llevar el duelo unidos y en soledad, sin dilaciones. Sin nada más que el peso de un dolor irreparable.