Todos somos los «maricones» de La Urbana

A CORUÑA

Marcos Míguez

Les ha salido el tiro por la culata a esos valientes que no pintan nada

05 dic 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Hoy tenía pensado escribir de la tolerancia, de la educación, porque vi una iniciativa en A Mariña que me encantó: un profesor caboverdiano enseñando a los profesores gallegos a conocer cómo es la realidad de sus alumnos inmigrantes y de sus alumnos lucenses de origen caboverdiano. Pensaba escribir de la necesidad de ese intercambio, de conocernos más, de ayudarnos entre todos, de aproximarnos a los dominicanos, a los colombianos, a los venezolanos, a los senegaleses, a los guineanos... que viven con nosotros, que nos cuidan, que nos ayudan, que nos hacen todo más fácil. Empaparnos de ellos, de su cultura, de su forma de pensar y de sentir para que no haya guetos, para que todos los coruñeses que somos hoy nos entendamos más y mejor. Iba a escribir de todo eso, pero no he podido desde que sé que la pared de La Urbana ha aparecido ensangrentada con la pintura de la homofobia: «Maricones fuera ya». Y la tolerancia se ha ido al carajo.

Ya hacía tiempo que no leía ni escuchaba la palabra maricón, que se ha ido del diccionario popular como yo pensaba que se habían ido los prejuicios, la represión y la falta de respeto. Sin embargo, ese maricón que hace daño a la vista ha emborronado un lugar que a los coruñeses solo nos puede llevar la sonrisa a la boca. Porque en La Urbana, como en todos esos locales en que nos tratan bien y que han traído mejor ambiente a calles y plazas deshabitadas, todos hemos sido felices. Hemos pasado buenos ratos y disfrutado del lujo de sentirnos protegidos por esos puntos de encuentro en el que todos nos damos cita: altos y bajos, gordos y flacos, mayores y jóvenes, rubios y morenos, pijos y chonis, casados y solteros, homosexuales y heteros, trans, bi, queers, perros y gatos...

Por eso me cuesta pensar que en esta ciudad haya descerebrados pintando la mona e intentando hacer daño. Intentándolo solo, porque lo que no saben quienes se esconden en el espray del grafiti, en el anonimato de la oscuridad cobarde, es que todos somos maricones. Así que no tendrían ni tiempo ni paredes para intentar marcarnos a todos nosotros, a quienes somos mayoría y con nuestra poderosa red hemos ido tejiendo virtual y personalmente la solidaridad con los dueños de La Urbana. Los coruñeses ayer nos levantamos con esa señal, pero lo que fue un intento de insulto acabó por cuajar otro significado. De tal modo que les ha salido el tiro por la culata a esos valientes que no pintan nada. Y aunque esa pared ya está limpia, alguna voz no apuntaba mal en convertirla en un símbolo contra la homofobia para nuestro recuerdo. Pero ni eso será. En nosotros esos idiotas no dejarán ni rastro.