El silencio del coronavirus en el centro de A Coruña

Javier Becerra
Javier Becerra CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

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El escaparate del comercio está dedicado al día del padre. Lucen un montón de objetos que no se pudieron comprar ni regalar. Sugieren cómo era la vida antes del coronavirus

10 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Todos conocemos a alguien que lo hace. O nos han hablando de alguien que lo conoce. O a lo mejor, quién sabe, eres tú mismo el que lo está haciendo y te conoces muy bien. Hablamos de ese personaje que en esta crisis del coronavirus se las ingenia para saltarse el confinamiento apelando las excepciones permitidas y, una vez encontrado el hueco, lo ensancha de manera totalmente irresponsable. El que pasea al perro cinco veces al día y, ya puestos, queda con un colega en el parque. La que va al súper en tres episodios, comprando el pan por la mañana, el jamón por la tarde y los yogures por la noche. También el que está esperando a que den permiso para sacar a los niños para hacer siete pases diarios con la excusa del infante. No estoy yo aquí ahora para reprocharles su comportamiento, ni para señalarlos con el dedo, sino para ponerme en su situación y preguntarme el porqué.

Lo pensaba el martes pasado, mientras caminaba por las calles desiertas del centro. Eran alrededor de las siete de la tarde y necesitaba de urgencia una medicina que no estaba disponible. Tuve que ir a varias farmacias diferentes. En todas ellas, entrando casi de puntillas. Sin saber muy bien en dónde me tenía que colocar y hasta qué raya del suelo me tenía que acercar, con la inquietante vibración que me traía de fuera. Todo ello debido a ese turbador silencio, en el que casi se escucha el cambio del luz del semáforo, mientras los pájaros pían de fondo y se intuye, muy a lo lejos, el motor de algún vehículo. Con el sol cayendo sobre los bonitos árboles de Juan Flórez, ya con su flor primaveral, transmitía desasosiego e irrealidad pero, sobre todo, invocaba una pregunta sin respuesta de cómo demonios hemos llegado hasta este punto. Ni mirando en dirección a la plaza de Pontevedra, ni haciéndolo en sentido Cuatro Caminos se veía a nadie. Ya lo sabíamos por las fotografías publicadas. Pero ahí, en el terreno, se redimensiona. Tampoco se siente nada. Como si la vida humana solo existiera dentro de los edificios y en el exterior se desintegrara.

Por el camino me fijé en los negocios cerrados, en los mensajes dirigidos a los clientes que no los leerán y la sensación de que todo se congeló el pasado 14 de marzo, cuando los más optimistas pensaron que la cosa era para dos semanas y los pesimistas preferían no ponerse a contar. En la papelería de al lado de mi casa el escaparate está dedicado al día del padre. Lucen un montón de objetos que no se pudieron comprar ni regalar. Sugieren cómo era la vida antes del coronavirus. Ahí, con ese malestar que te sacude por dentro y hace volar la incertidumbre con una ligereza que pesa, sientes el deseo de volver al hogar y retrasar lo más posible la siguiente salida. El silencio urbano que hay estos días te hiela el alma. Cuesta entender que haya quien desee escucharlo tantas veces al día.