Los vecinos de Palavea plantan cara a los okupas

alberto mahía A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

CESAR QUIAN

Desde que residentes del barrio se enfrentaron a ellos hace unas semanas, los usurpadores solo se pelean entre sí

15 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya la cosa pasó de castaño a oscuro y la paciencia se agotó. Los vecinos de Palavea pararon los pies, las manos y la boca a los okupas del barrio. Fue hace unas semanas, cuando varios de los «indeseables» tenían acorralados a unos residentes. Los amenazaban y atemorizaban a gritos. Un grupo de personas que se encontraban muy cerca, en el bar, corrieron hacia la trifulca y les plantaron cara. Les cantaron las cuarenta y les advirtieron de que «nunca más» se les ocurriera meterse con nadie de la zona. Que hicieran lo que quisieran en los pisos que se apropiaron, pero en la calle, «calladitos». Y si había un robo en el barrio, rendirían cuentas con ellos. Los acongojaron de tal manera, que desde entonces, cuando tienen ganas de pelea, se pegan entre ellos. Ya no bajan a la calle a decirle a una vecina que le van a quemar su casa con ella dentro. Ni abanican un puñal frente a un residente. Asumieron hasta tal punto las palabras de la gente del barrio que ni siquiera lo pasean ni van a tomar un café al bar.

Así fue como se volvieron mansos con el vecindario los que habitan los tres edificios ocupados de la calle Bustos. Ganada esa batalla que se alargó muchos años, ahora los problemas se los buscan entre ellos. Esta semana tuvo que acudir hasta en cinco ocasiones la policía. Tanto el 091 como el 092. Los agentes, alertados por vecinos, se presentaron en los edificios una vez el lunes, dos el miércoles y otras tantas el jueves. Por lo mismo. Por discusiones no ya subidas de tono, sino por haber armas de por medio.

«Estamos convencidos de que un día va a ocurrir una desgracia. Porque ya son muchas veces las que se estuvo a punto», dice un vecino que, aunque más tranquilo, prefiere guardar su anonimato.

El problema viene de lejos. Hace diez años, cuando la promotora suspendió pagos y abandonó los edificios -a falta de algún pequeño detalle, ya estaban preparados para vivir- pronto una de las viviendas fue ocupada. Con el paso del tiempo, fueron llegando más personas a esos pisos. «Al principio, no había altercados, pero luego empezó a sumarse gente problemática, con problemas con las drogas, y ahí empezó el calvario», cuenta una mujer. Y los dos últimos años la situación se volvió insostenible. Sobre todo, cuando los okupas culparon a los vecinos de que les ponían silicona en la cerradura cuando no estaban o les destrozaban los portales. Desde entonces, comenzaron los enfrentamientos, zanjados hace unas semanas cuando parte del vecindario decidió coger el toro por los cuernos y decirles cuatro cosas.

Ahora, el siguiente paso es que se vayan. Pero ni ellos ni la policía ni las autoridades municipales pueden hacer nada al respecto más que esperar a que se resuelvan los procesos judiciales abiertos para su desahucio. Y no parece que eso llegue pronto.

En estos momentos, serán unos diez los pisos ocupados. En uno de ellos hay una pareja con tres niños. De los tres portales, uno está cerrado con tablones de madera sobre los que pegaron un cartel que con los nombres, los pisos y los teléfonos de sus residentes «porque no funciona el telefonillo». El que los quiera visitar, deberá llamarles al móvil para que les bajen a abrir.

En él viven tres parejas. Y, supuestamente, el hombre que se nombró a sí mismo como el dueño de todo. Es el que engancha la luz y subarrienda las viviendas por cien euros. Eso incluye el enganche a la luz.

De los 58 pisos, solo seis tienen dueño como tal en el Registro de la Propiedad. Los 55 restantes, repartidos en los diferentes portales del bloque, están en manos de la Sareb.