Un equipo como el Dépor no se acaba en los que solo saltan al campo
21 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.No se puede explicar la lógica de la afición del Dépor desde la fría estadística, porque todos llevamos el peso de esa herencia sentimental que en cualquier conversación recuerda el gol de Vicente, que lloró el penalti de Djukic, que se emocionó con Lucas y ahora vibra con Yeremay. Es la gente que lleva a Bebeto, a Mauro y a Donato en el alma, y que antes de empezar el partido mira al cielo por Arsenio. Esa es la magia de nuestra afición, de todas esas personas que nunca se bajaron del barco cuando el temporal las zarandeó y que siguieron llenando Riazor en tercera, porque la afición del Dépor es una marea que no se retira. Ahora es el momento de empujar, de remar juntos en el ese último suspiro que queda. Sin pensar en meigallos ni el mal fario, sino en la convicción de que toca, de que el Dépor y todos los coruñeses que cada fin de semana se ponen la camiseta para animar a los jugadores son una piña inquebrantable. Un equipo como el Dépor no se acaba en los que solo saltan al campo, está en el ADN de esta ciudad, que ahora se engalana de azul y blanco en cada ventana, en cada escaparate, en cada puesto del mercado.
El domingo Coruña será Valladolid, y eso que no ha habido entradas suficientes para todos los que desean ir a al José Zorrilla, pero el ánimo y la pasión de los coruñeses es tal que veremos a cientos de aficionados coger el coche o el tren solo para estar cerca de su equipo, para apoyarlo desde las calles, desde los bares, al lado del estadio. Esa gente y la que estará desde casa es la que ha hecho gigante a este club, esa es su verdadera grandeza. Ganar es una suerte, pero llorar al Dépor, verlo caer y levantarse es mucho más. Ese sentimiento solo está al alcance de aquellos que, pase lo que pase, volverán a ver otro domingo al Dépor en Riazor.