Deja sin hipo a todos que Coruña tenga un estadio pegado a la playa y que los dos tengan el mismo nombre, en una unión mágica que mira al Atlántico con el viento de cara
04 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.No me extraña que el resto de España flipase con la afición del Dépor el domingo pasado, no sorprende porque las imágenes de esa marea blanquiazul desbordando toda la ciudad nos dejaron a todos sin respiración, viendo cómo familias enteras, niños y papás, acompañaban a toda la chavalada que hizo el corteo cantando y alentando al equipo en todo el camino hacia el campo. Pero lo que realmente sorprende y deja sin hipo a todos es que en Coruña tengamos la suerte de tener un estadio pegado a la playa y que los dos tengan el mismo nombre, en una unión mágica que mira al Atlántico con el viento de cara. Tener Riazor pegado a la arena es una fortuna, lo saben bien los seguidores del Dépor que van recorriendo las distintas urbes y se encuentran con campos de fútbol situados en las afueras, en polígonos industriales, alejados del bullicio del centro. Nosotros, en cambio, acabamos de comer, nos ponemos la camiseta y la bufanda y enfilamos caminando el paseo marítimo con ese olor a salitre que es sinestésico. Una mezcla poética capaz de generar fotografías únicas como las del domingo pasado, en las que se observa una marea de agua y otra marea de gente con el mismo azul vibrante. Otras veces, el trayecto hacia el estadio, sobre todo en invierno, se convierte en una odisea atlántica que solo nosotros sabemos saborear, como una manera única de entender la vida, el fútbol y el mar. No puede ser lo mismo, y no lo es, dirigirse a un campo de fútbol en una explanada estéril que ir a Riazor. Es otra liturgia que cambia por completo la experiencia futbolística. Aquí sabemos que las mareas suben y bajan, y que por eso el Dépor siempre tiene un horizonte que mira al infinito. Jugar al fútbol con el mar de fondo es un privilegio que solo nosotros, los coruñeses, nos podemos permitir.