
Los niños, que son más espabilados y más libres, por mucho que intentemos atarlos, salieron del camino y se metieron en las silvas y los helechos, entre los árboles
02 abr 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Los niños, que son más espabilados y más libres, por mucho que intentemos atarlos, salieron del camino y se metieron en las silvas y los helechos, entre los árboles. Nosotras, sus madres, nos empeñábamos en que volvieran al camino. «Es que ahí no hay aventura», nos dijeron. «Somos poco aventureras», les contestamos.
Seguramente, con 7 años nosotras también habríamos escapado del camino y nos habríamos acercado a la orilla del río para tirar piedras, y habríamos sobrepasado el límite seguro de la orilla para acercarnos más al agua. «Hay un placer en los bosques sin sendero», leía Francesca casi al final de Los puentes de Madison.
Pegados al asfalto, ligados al hormigón y a los espacios cerrados de la ciudad, parece que a los adultos nos llega con una caminata por el precioso paseo fluvial del Mero, en Cambre para sentirnos en plena naturaleza. Tal es nuestra necesidad de verde, que nos parece que humanizar la ciudad es poner arbolitos en San Andrés. Y lo es, sin duda, pero en pequeñito, como si nos diera miedo acometer una humanización drástica que nos devuelva el espacio, que nos lo devuelva de verdad. No basta con el parque de Santa Margarita, por mucho que sea un pulmón (civilizado) en el medio de la ciudad. Ni siquiera basta con la playa, a la que también hemos civilizado.
De alguna manera, el cuerpo y la mente nos piden a gritos que saquemos el hormigón de la ecuación, hasta el punto que humanizar significa plantar árboles en las aceras. Ya es irónico que hacer algo a escala humana sea reponer lo que los humanos nos cargamos para construir estas ciudades llenas de espacios que tan solo nos encierran. Qué listos son los críos, qué sano es salir del camino.