Javier Moro: «Balmis tenía un poco de House, era un currante, un médico vocacional»
CULTURA
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El autor de la novela «A flor de piel» recupera a la gallega Isabel Zendal, la primera enfermera española
05 jun 2015 . Actualizado a las 10:17 h.«Os he elegido para que salvéis al mundo, sois unos pequeños héroes cuya contribución a la salud de la humanidad quedará para siempre grabada en los libros de Historia». Algo así decía Francisco Xavier Balmis a un grupo de niños del hospicio con los que iba a embarcar para que llevaran la vacuna de la viruela a los territorios españoles de Ultramar. Pero los libros de historia no han sido generosos con aquellos 22 infantes, algunos de solo tres años, que el 30 de noviembre de 1803 salían del puerto de A Coruña en la corbeta María Pita, bajo la dirección de Balmis, su ayudante Josep Salvany y una mujer, Isabel Zendal, considerada la primera enfermera española y «de la que no sabíamos ni cómo se escribía su nombre», dice Javier Moro (Madrid, 1955). Este vacío lo llena el escritor con A flor de piel (Seix Barral), un libro del que habló anoche en el MAC de A Coruña y en el que reconstruye la historia de esta mujer, nacida en una aldea de Ordes.
-¿En qué momento empieza a interesarse por esta expedición?
-En el Jardín Botánico de Madrid. En una entrevista, cuando me habían dado el premio Planeta: una de las directoras me dijo que allí tenían todos los expedientes de las expediciones científicas españolas. Me habló de esta de la vacuna y me pareció muy original que llevasen niños y que eso fuera financiado por el rey. La verdad es que antes no había oído hablar de la expedición. Al meterme y descubrir los personajes vi una gran historia por contar que tenía de todo: grandes personajes, grandes decorados y no me parecía normal que una gesta como esta se conociese tan poco. Tanto es así que a la hora de buscar a Isabel Zendal no la encontrábamos por ningún lado, no sabíamos ni cómo se escribía su nombre.
-Ella protagoniza el libro...
-Para mí siempre fue el pilar fundamental de esta historia, porque sin ella no habría niños en la expedición y sin niños no habría vacuna. Era misterioso que no se supiera nada de ella. Y también eso fue lo que me hizo buscarla aún más.
-¿A qué se debió ese olvido?
-A que ella murió en México y nunca volvió a España. Balmis volvió. De Salvany, que murió en Cochabamba, el cura de la catedral se quejaba de que nunca nadie fue a visitarle, nunca nadie mandó unas flores para la tumba. Salvany está totalmente olvidado y es un gran médico. Isabel acaba trabajando en el hospital de Puebla, en México, que ahora lleva su nombre, y de ahí ya no se sabe más. Su hijo, Benito, se quedó allí, estudió y salió adelante, que era lo que quería ella. Lo que he intentado con los datos que tenía, que conseguí gracias a Antonio López Mariño, fue hacer el retrato de una mujer que en el fondo se estaba buscando su lugar en el mundo. Ella va creciendo en esta expedición, en esta aventura. Empieza el libro como una mujer que prácticamente no habla castellano, o muy poco, que vive en la aldea, con aquella pobreza tan tremenda que había entonces en Galicia.
-Ella tuvo un hijo que a veces figura como natural y otras como adoptado, ¿por qué?
-En todos los papeles en América aparece como hijo adoptivo y en España como hijo natural. Lo que me interesaba era contar una historia de amor y que esta mujer, por haberse enamorado mal y pronto, acabó haciendo posible: de no haberse encontrado con aquel soldado, no hubiera habido expedición. La relación entre la historia personal y la Historia siempre me ha interesado mucho. Esa mujer fue a la expedición porque tenía que limpiarse de una mancha del pasado: tenía un hijo de soltera.
-A veces ella se enfrenta con Balmis que, tal y como aparece en el libro, recuerda a House...
-Tenía un poco House. Era muy exigente consigo mismo y cuando uno es muy exigente consigo mismo suele serlo también con los demás. Era un currante, un médico vocacional; nació en una familia de cirujanos barberos y sintió la vocación médica desde la más tierna infancia: no hizo otra cosa en la vida. Lo suyo era la medicina, la investigación. Era un adelantado de su tiempo.
«Entonces salvaron 500.000 vidas»
Ante la cuestión de si sería posible repetir hoy un gesta como la de Balmis, rompiendo muchas barreras, Javier Moro reflexiona: «Debe tenerse en cuenta que ahora hay una posición de antivacunistas, como se ve en el caso del niño con difteria, que es una locura absoluta. Ya lo han dicho los médicos, que es un crimen no vacunar a los niños cuando se piensa que las vacunas han salvado 1.500 millones de vidas». Volviendo a Balmis, evoca: «Entonces salvaron 500.000 vidas, que es muchísimo para la época. El genio de Balmis no fue solo llevar la vacuna sino las juntas de vacunación, implantar el sistema de vacunación sistemática: eso era lo que valía, un sistema que se replicaba, era el embrión de la sanidad pública».