Una chica de revista que llegó a vedete

Eduardo Galán Blanco

CULTURA

21 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Ha muerto Lina Morgan. Con las ventas de los derechos de sus películas -a TVE, a 13 TV, o a las televisiones de Castilla La Mancha, Madrid o Aragón-, Enrique Cerezo pagará la nómina de unos pocos meses -que corren malos tiempos- de algún jugador del Atlético de Madrid.

Evocamos a la Morgan con Juanito Navarro de pareja cómica, en sus shows de la tele en blanco y negro de los años sesenta. De tonta del bote, con perico de los palotes. Nuestra madre la adoraba, con sus giros contorsionistas y las piernas trenzadas. Decía que le recordaba a una muñeca pecosa que tuvo de niña. Lina era estrella de la tele franquista, codeándose con Joaquín Pratt, Laurita Valenzuela, Tony Leblanc, Florinda Chico y Rafaela Aparicio, Tip y Coll, y el gran Gila. No sé si podemos ponernos nostálgicos. Bueno, quizá sí debemos, viendo la horrible versión de El agente de Cipol que está ahora mismo en los cines.

Lina Morgan quería ser Jerry Lewis, Lucille Ball o Carol Burnett -luego vino Rosa María Sardá y lo consiguió, ser Carol Burnett, queremos decir-, con sus muecas, lengua traviesa y atravesada, ojos girantes y abiertos como platos. Su gestualidad de showwoman, de chica de revista divertida, con buenas piernas, que podía bailar bien, está fuera de toda duda. Gran vedete.

Como actriz podemos decir que era más bien mala, aunque rozó el milagro con aquella mujer barbuda de Una pareja distinta.

Vestida de paleta, de chulapa, de tontaina, de niña con las trenzas de Pippi Calzaslargas, Lina Morgan triunfó. Especialmente en su feudo de La Latina, que nos quedaba muy lejos, pero también en la tele contemporánea, con Hostal Royal Manzanares y en las matrimoniadas de Moreno. Luego, ya fue carne de cañón para Parada. Humor grueso, «del pueblo», como se atrevió a decir un señor serio, director de festival de cine: «Necesitamos iconos así».