Un profesor de la Escuela de Arquitectura de A Coruña solía bromear en sus clases con una imagen de un hórreo más torcido que la torre de Pisa que todavía se levanta en algún lugar de Galicia: «Y esto es lo que haría el hijo de César Portela y Zaha Hadid», decía, en referencia a la querencia del primero por las cubiertas a dos aguas y de la segunda por los planos inclinados. La arquitecta iraquí era dueña de una personalidad extraordinaria y afilada -lo demostró en A Coruña con un monumental enfado durante la presentación de su diseño para la Casa de la Historia- que se transmitía a sus proyectos, rotundos, audaces. Rompió las normas establecidas con su propuesta para The Peak (1983), un club en las colinas que rodean Hong Kong que bebía de las fuentes constructivistas de Tatlin o El Lissitzky. Pero no pasó del papel; durante más de una década su obra se quedó en la teoría por el machismo imperante en una profesión todavía cerrada a las mujeres. Hasta que en 1993 inauguró la estación de bomberos del campus de Vitra y todo cambió. El pequeño edificio de Hadid sobresale entre la constelación de estrellas de Weil am Rhein (Piano, Siza, Gehry, Ando...) y los bate a todos. Todavía tendría que pasar una década para que el Pritzker pusiera las cosas en su sitio y le lloviesen los encargos. Zaha rompió moldes, se adelantó a su tiempo y deja una huella poderosa.