Deportivo y la selección de la Costa da Morte (4-0) jugaron un encuentro cuya emoción residió en la grada.
18 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Perdido el azul del mar, siempre queda el verde en la tierra El de la esperanza. El del tapete del fútbol. El de Riazor. El estadio abandonó lentejuelas y se enfundó en el Negra sombra de Luz en la cuenta atrás del Dépor-Costa da Morte. Un partido sin visitantes, pero que echó de menos un lleno, ya que la solidaridad sólo alcanzó para cubrir media entrada (17.300 espectadores). Pero fueron manos suficientes para mostrar la apoyo a los afectados por el Prestige y gargantas de sobra para gritar la indignación. Algunos llegaban para hacer doblete o triplete. Habían estado en la manifestación de Compostela y en algunas de las que salpicaron toda Galicia. «Polo menos aquí respetounos máis a choiva», rosmaba un chaval con un lazo negro de cinta aislante en su camiseta. Él fue uno de los que, por momentos, convirtió Riazor en un improvisado Camp Nou, pero sin Gaspart. En el estadio resonó el «¡dimisión!» casi unánime dedicado a autoridades, una vez más, ausentes, por eso los seguidores preguntaban «¿dónde está Fraga, Lendoiro, dónde está Fraga?». La dimisión, más que una petición, era una orden, cuya fuerza sólo fue comparable a la del atronador «¡Nunca máis!». Fueron las palabras más comedidas dirigidas a los políticos. Se desterró al silencio. Sólo ganó quizás al principio, cuando los aficionados saboreaban los mejillones que repartían cien personas para adelantar en unos días la campaña un euro por Galicia. La psicosis se desvanecía ante el manjar. «¿No van a volver los de los pinchos?», preguntaba una señora. En bus a Riazor Era el entrante inevitable mientras calentaban los componentes del combinado de la Costa da Morte. Habían sido recogidos por un bus como colegiales y mostraron la misma actitud y despertó igual ternura y emoción en la grada que los pequeños equipos que de vez en cuando viajan hacia la hazaña en la Copa. Esos futbolistas en su tiempo libre, que se grababan para una mejor posteridad. Como César, cocinero en el Hotel Cabo Finisterre. A él el fútbol le brindó una tregua a sus amaneceres, negros como las camisetas que llevaban ayer. Porque éste fue el encuentro de las oportunidades. Y no sólo para ellos. Porque debutó David, guardameta del filial deportivista, jugó Djorovic y marcó Changui. Se derrocharon aplausos en cada cambio, que en el caso de la Costa da Morte, sonaban igual que cuando un profesional se retira. Y jugó hasta la bancada, que hacía caso omiso del ataque del Dépor porque estaba apropiándose de un balón. Una broma que casi cuesta un altercado en la zona de los Riazor Blues. Por cierto, venció en el marcador el Deportivo por 4-0 con goles de Luque, Changui, César, en propia meta, e Iván Pérez; pero la Costa da Morte ganó los corazones. Irureta no escatimó estrellas, mientras que la camiseta negra fue defendida por Rubén, Repi, Diego, César, Manuel, Brego, Noé, Anxo, Cabrejo, Doro, Guillermo, Mingos, Felipe, Pugui, Josito, Yago, Pesca, Pesco, Mino. Suso y Ambrosio. Pura anéctoda.